Jueves, Octubre 18, 2018

Política de Estado


Martes, 07 Agosto 2018 12:14

Conocé la obra del obispo argentino monseñor Angelelli

 

 

“CON UN OÍDO EN EL EVANGELIO, Y EL OTRO EN EL PUEBLO”, DECÍA ENRIQUE ANGELELLI, EL HOMBRE QUE ASESINARON HACE 37 AÑOS. RELATOS, ANÉCDOTAS Y VIVENCIAS DE QUIENES LO CONOCIERON, MUESTRAN EL LADO HUMANO Y SENSIBLE DEL RELIGIOSO QUE PAGÓ CON SU VIDA EL SERVICIO A LOS MÁS HUMILDES.

 

Por Antonella Sánchez Maltese

 

Empobrecida, pequeña y castigada. Así era La Rioja de 1968, en la que ese 24 de agosto desembarcó monseñor Enrique Angelelli, sin sospechar entonces que esas montañas y ese árido suelo serían los últimos wwwigos privilegiados de su vida.

Su llegada a la provincia norteña no fue un hecho más, porque ese hombre, hijo de inmigrantes italianos, iba a cambiar por completo la imagen y los conceptos de la iglesia y la religión, en una compleja época de la historia argentina. 
 
Enrique Ángel Angelelli había nacido en Córdoba, donde empezó a desarrollar esa pastoral con fuerte sentido social, siendo obispo auxiliar de la Arquidiócesis de aquella provincia. Llegado fines de los años 60´ fue nombrado como obispo de la Diócesis riojana por el Papa Pablo VI, donde continuaría y se involucraría de lleno con ese sector de la sociedad al que dios parecía no atender.

Además de esa que cuentan los libros y documentales históricos, paginas web y recortes de diarios en la sección “judiciales”, el perfil del “Pelado” -como lo llamaban cariñosamente- se cuela recurrente en un sin fin de anécdotas que orgullosos guardan varios riojanos que tuvieron la dicha de compartir con él. Cada una de esas historias se convierten en la prueba más fiel de quién fue este religioso, asesinado por la dictadura  militar un 4 de agosto de 1976.

Un visitante especial

Nilda Toledo de Heredia no olvidará nunca aquel día de septiembre. Carrizal pertenecía a La Rioja, pero a excepción de quienes lo habitaban, al parecer pocos sabían de él. Y es que un paraje a la vera de la ruta 9, árido, inhóspito y castigado por el clima, parecía no tener otro destino más que el del olvido. Allí Nilda se desempeñaba como docente en la escuelita que funcionaba en un local del ferrocarril, aunque sorteaba sus tareas educativas con las de ordenanza, catequista y enfermera.

Pero la suerte de aquel lugar iba a cambiar, y las diligencias para construir una escuelita propia y “de verdad” abrirían sin querer una puerta aún más grande, la de la fe. La obra empezó de inmediato y el resultado fue “una cosa de lujo para Carrizal; entonces pensé yo en buscar un sacerdote para bendecir la escuela, y al mismo tiempo, como daba catequesis, preparar a los chicos para la comunión, aprovechar ese momento para que se hagan todas las ceremonias en un pueblo que nadie lo visitaba”, recuerda Nilda de los tiempos de aquella dura realidad.

Enterada de que un mes antes había tomado el cargo como obispo el monseñor Angelelli “me tiré un lance escribiéndole una nota para ver si nos visitaba”, cuenta, y confiesa que lo hizo confiada en que “el siempre quería estar con la gente más pobre, más humilde, ayudar, y evangelizar”. Grande fue la sorpresa de esta ex docente cuando de manera inmediata el obispo recién asumido le confirmaba su presencia con fecha y hora para hacer la ceremonia.

“Fue una gran alegría para el pueblo. Llegó en su camionetita, solo, no lo acompañó nadie. Bajó con pasos lentos, firmes, con su ponchito al hombro, y estaba muy contento por todos los niños que hacían la comunión y la confirma, además hubo un matrimonio ese día”, relata Nilda.

“Se hizo a un costado –continúa-, y con una seña me habló para preguntarme qué pasaba con los hombres del pueblo, que no estaban allí presentes; le expliqué que habían comenzado a trabajar con la ruta, y la empresa constructora no les dio permiso para que concurrieran a la ceremonia; eso lo puso muy triste, bajó la cabeza y me dijo ´parece mentira, cuando tienen una oportunidad para compartir, escuchar la palabra de dios, algo tan importante para el pueblo, y que no estén… que lastima que todavía haya gente que no entienda´, se lamentó”.

Cuando la ceremonia concluyó, monseñor compartió un lindo almuerzo en ese cálido lugar. “¿Que significó esa visita para mí?”, se pregunta Nilda haciendo una especie de introspección, pero no vacila en conwwwar: “Lo mejor que me podía haber pasado en la situación en la que estaba como docente, en un pueblo tan chico, tan pobre, y olvidado. Su visita llegó profundamente a todos, y creo que ayudó a la gente a ser más creyente”.

Una iglesia de puertas abiertas

Algunos lo interpretaron y acompañaron desde el primer momento, y otros nunca comprendieron ese trabajo y se pusieron en su contra. “Vayan, pónganse verdes de tomar mate con la gente; después vengan que vamos a ver si el proyecto de ustedes sirve para esta gente”, recuerdan los más allegados a ese obispo calvo, sobre sus advertencias cada vez que algún religioso venía de otra provincia o país para sumarse a su pastoral.

Angelelli llegó a La Rioja y rompió esquemas, levantó polvareda y cosechó enojos, en una sociedad conservadora donde la iglesia se reservaba para los lugares convencionales, las jerarquías y las clases más “pudientes”. En ese contexto, celebrar una misa en un barrio como él solía hacerlo, no podía interpretarse sino como una provocación insolente. Pero desde su llegaba a esa tierra de caudillos, ese hombre con un fuerte sentido de justicia se convirtió en la voz disidente y la piedra en el zapato de los políticos.

Denunciaba y pretendía luchar contra la usura en la ciudad, y fomentaba la creación de cooperativas de trabajadores que se hicieran cargo de las tierras en la costa riojana. Sus homilías no se apartaron nunca de la realidad social de aquella Rioja, en la que el gobierno golpista ya había empezado a realizar el trabajo “fino” dentro de su entorno. Y de su iglesia. 

Un final anunciado

Como tragedias inminentes y luego de varias “advertencias”, en julio de 1976 fueron secuestrados y luego encontrados asesinados dos de sus sacerdotes de Chamical, los padres Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. Una semana después, y a sangre fría, los militares se encargaron de su colaborador, el laico Wenceslao Pedernera, ultimado en la propia vereda de su casa, en Sañogasta, al oeste riojano.

Estos hechos entrañaban un mensaje para Angelelli. El 4 de agosto acompañado por el cura Arturo Pinto viajaba, como era habitual, en la Fiat multicarga, desde Chamical con destino a la capital riojana. Por la ruta 38, a pocos kilómetros de Punta de los Llanos, un Peugeot 404 los encerró y la multicarga derrapó hasta volcar metros más adelante, según declaró el mismo Pinto. Enrique Angelelli, el cura que puso el foco en los pobres, había muerto.

Pero más allá de que en agosto se cumplieron 37 años de su desaparición física, Angelelli marcó a fuego a la sociedad riojana. también dejó una huella en ese sector de la iglesia que entendió que había que mirar más allá de las paredes de un templo. “Si hoy viviera estaría peleando por una iglesia sin discriminación, como siempre luchó Angelelli”, aseguró alguna vez el cura rosarino Henri Praolini, compañero e imitador de su pastoral de Angelelli, el cura de los pobres.

 

 

http://www.elfederal.com.ar/conoce-la-obra-de-angelelli/

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