Sábado, Diciembre 07, 2019

Política de Estado


Sábado, 29 Septiembre 2018 08:30

El catolicismo después del año 2018

(R. R. Reno/First Things)- Theodore McCarrick ha sido despojado de su estatus de cardenal por acosar a hombres jóvenes durante su carrera clerical. Al “tío Ted” le gustaba llevarse a la cama a sus “sobrinos”. Las revelaciones públicas de estos hechos han causado indignación. No tanto por el hecho de que un hombre de iglesia pecara como él hizo, sino porque lo hizo con total impunidad, protegido por una mentalidad que no veía nada malo en ello y, tal vez, con la complicidad de quienes tenían sus propios secretos que mantener ocultos. La oleada inicial de negación de las acusaciones avivó aún más la indignación. Los protegidos de McCarrick -algunos de ellos obispos-, corrieron a ponerse a cubierto, insistiendo en que no sabían nada de sus fechorías.

La noticia a mí no me ha sorprendido. Entré en la Iglesia católica en 2004, dos años después de que salieran a la luz los abusos sexuales de niños y adolescentes -y su encubrimiento-, por parte del clero de Boston. Supimos entonces que muchos de los obispos de los Estados Unidos -tal vez todos durante los años 60, 70 y 80-, no habían levantado un dedo para acabar con los sacerdotes que abusaban de niños y adolescentes. Hombres que solían acosar sexualmente a los monaguillos fueron trasladados de una parroquia a otra. Se presionó a los padres de las víctimas para que no hablaran. Y se mantuvo a distancia a las víctimas. A nivel episcopal se realizaron grandes esfuerzos para mantener secreto un problema cada vez más acuciante. El informe publicado recientemente por el Gran Jurado de Pensilvania nos ayuda a profundizar sobre este patrón de comportamiento.

La corrupción moral y el fracaso de quienes ostentan la responsabilidad es descorazonador pero, para mí, no es una sorpresa. De 1990 a 2010, fui docente en una universidad jesuita y me enteré de rumores internos. El filósofo irlandés William Desmond relató algunas de sus experiencias como joven profesor visitante en la Universidad de Fordham en los años 70. El debate principal en el comedor de los jesuita era si la sodomía constituía o no una violación del voto de celibato. Algunos sacerdotes consideraban que el celibato concernía al acto conyugal, no al sexo estéril entre hombres. Un amigo que estuvo un tiempo en un noviciado jesuita durante esa fracasada década, me dijo que los maestros de los novicios consideraban que las relaciones homosexuales eran sanas, incluso necesarias para una formación sacerdotal adecuada. A veces los maestros de los novicios insistían en ser agentes de dicha “formación”.

 
 

El paso de las décadas ha traído cambios. No creo que exista ahora el mismo espíritu de abierta experimentación en la Iglesia de hoy en día, ni siquiera en los jesuitas, aunque tal vez esté siendo demasiado optimista. Desde que salió a la luz el caso McCarrick, varios hombres jóvenes han contado historias que ponen los pelos de punta sobre sus experiencias en seminarios corruptos; hechos que tuvieron lugar después de 2002, cuando se hicieron públicos los casos de abuso sexual por parte del clero, con la consiguiente indignación pública. No sabemos seguro si las cosas han mejorado o no -y, repito, creo que lo han hecho-, pero está claro que el pasado da forma al presente. No hace mucho, las relaciones homosexuales no sólo eran toleradas entre el clero, sino que estaban protegidas. Y siguen estándolo en ciertos círculos, como demuestra la carrera de McCarrick. Si no hubieran salido a la luz sus relaciones con un menor y el abuso de poder, seguiría siendo una celebérrima eminencia eclesiástica. Formaba parte de un círculo de sacerdotes homosexuales más amplio y casi secreto, que incluía a algunos de los hombres mejores, a los que socavaba igual que socava la moral de cualquier unidad la existencia de una corrupción abiertamente tolerada y encubierta.

La Iglesia ha estado caracterizada durante décadas por una tolerancia que la ha debilitado. Desde la extensa oposición a la Humanae Vitae en 1968, los líderes de la Iglesia han sido reacios a hablar con firmeza y de manera constante en favor de la moral sexual cristiana. En 2003, el teólogo moral jesuita James Keenan testificó contra una enmienda constitucional en Massachusetts que definía el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, afirmando que dicha medida es contraria a la insistencia de la Iglesia sobre la dignidad humana de los homosexuales. El padre James Martin, también él jesuita, defiende una línea pro-gay similar. Algunos obispos han utilizado su poder en el nombramiento de los rectores y demás cargos de los seminarios para mantener este punto de vista fuera del ambiente directamente vinculado a la formación de los sacerdotes. Sin embargo, muchos no tienen la suficiente seguridad en sí mismos para enfrentarse a Keenan, Martin y compañía en público, ya que no quieren ser tachados de “homófobos”. Al contrario de lo que hicieron los mormones, que arriesgaron mucho en la batalla que llevaron a cabo en 2008 relacionada con la Proposición 8 sobre el matrimonio homosexual en California, la Iglesia institucional se mantuvo al margen.

Que se haya encumbrado a McCarrick es una prueba de la resignación moral. Como demuestra Darel Paul (“Culture War as Class War,” Agosto/Septiembre de 2018), la homosexualidad se ha convertido en una preferencia sexual privilegiada, y esto implica esforzarse de la manera más agresiva posible para protegerla de cualquier indicio de discriminación. El establishment eclesial se preocupa de no acabar en el lado equivocado de ese consenso de la élite cultural. No me malinterpreten. Estoy seguro de que ese enfoque que había antes, que veía con laxitud las relaciones sexuales del clero con menores, es cosa del pasado. Los documentos oficiales y los memorándum reproducidos en el informe del Gran Jurado de Pensilvania, dan una idea de cómo la presión externa ha acabado con los esfuerzos episcopales para mantener oculta la corrupción de los sacerdotes depredadores sexuales de niños. La vergüenza pública que acarrearon las revelaciones de lo que había sucedido en Boston, y la presión económica por las demandas judiciales, forzaron el cambio. Sin embargo, los líderes de la Iglesia no soportan tener que llevar adelante una batalla sobre relaciones sexuales gais consentidas entre adultos, ni siquiera cuando uno de ellos es un sacerdote. Limitar las transgresiones de McCarrick a sexo con menores y abuso de poder concuerda con la moral del consentimiento de nuestra cultura. Este enfoque indica que el establishment eclesial quiere actuar sobre terreno secular y seguro, no según la tradición de la Iglesia, que se ha convertido en algo dolorosamente controvertido.

Esta renuncia a la moral, esta resignación, explican el ethos de la tolerancia, incluso la protección, que ha caracterizado la carrera de McCarrick. Si un seminarista descubre que uno de sus profesores está malversando fondos, puede informar de este delito a su superior, confiado en que los líderes de la Iglesia comparten el punto de vista moral habitual según el cual robar está mal, además de que perjudica a la misión apostólica de la Iglesia cuando el delito lo cometen sus líderes. Pero si este mismo seminarista descubre que un profesor se va da vacaciones a Tailandia, donde es fácil encontrar a chicos para tener sexo, o que mantiene discretamente a un amante, dudo que le diga algo a alguien. No estará seguro de que el rector del seminario considere esta noticia como susceptible de procesamiento; la prueba la tenemos en la carrera de McCarrick.

De hecho, lo más seguro es que el seminarista llegue a la conclusión de que será castigado por invadir la privacidad de su profesor y por alterar la precaria paz a la que han llegado muchos hombres de iglesia con la revolución sexual y, sobre todo, con la homosexualidad. A la mayoría de las personas que están en puestos de responsabilidad no les gusta que se les creen remordimientos, sobre todo si esto significa tener que elegir entre una aquiescencia total a la corrupción o tomar decisiones duras y controvertidas. Raramente es bien acogido quien fuerza a hacer estos cálculos. Así, la cultura de la negación crece, una cultura capaz de suprimir verdades desagradables e inconvenientes: la cultura eclesial en la que “todos saben” y nadie se responsabiliza.

Causas más profundas

Hay muchos hombres buenos en la jerarquía católica americana, como también hay muchos buenos sacerdotes (incluidos buenos jesuitas). La cuestión es que realizan su ministerio dentro de un régimen posconciliar que limita sus mejores esfuerzos. Un “régimen” no es sólo un sistema de leyes explícitas y de políticas articuladas. Es una atmósfera de opinión. He observado una dimensión: la de la resignación moral, la del juicio desesperado de que no hay mucho que uno pueda hacer sobre la revolución sexual.

Otro aspecto del régimen eclesial posconciliar deriva de algo similar a un trastorno de estrés postraumático, un ansioso deseo de evitar el caos que caracterizó los años posteriores al Vaticano II. Los obispos que han mirado a otro lado mientras McCarrick timaba, llegaron a la mayoría de edad en esos años difíciles. Como párrocos y rectores de seminarios tuvieron que gestionar las intensas pasiones desatadas por el Vaticano II y que amenazaban con desgarrar a la Iglesia. Como hijos de divorciados, dedicaron todo su ministerio, todos sus esfuerzos, a mantener todo unido. En 1977, tras una década de experimentación radical y reacción Lefebvrista, Pablo VI formuló el imperativo que pasó a ser predominante: “Hay que evitar oponerse a los extremismos”.

 
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Pablo VI vio esto como un imperativo de unidad, pero que rápidamente se convirtió en una respuesta de gestión, en una postura defensiva cuyo fin es ganar tiempo, mirar hacia otro lado y mantener las cosas superficiales y alegres siempre que sea posible. La realidad sobre el terreno alimenta este enfoque. Actualmente, los obispos están a caballo entre varias realidades, en una Iglesia cada vez más fragmentada. Hay parroquias que priman la justicia social y otras que celebran misas en latín. Algunos de los donantes católicos más importantes son ardientes demócratas y apoyan el aborto libre y el suicidio asistido; otros son ardientes republicanos y no apoyan nada que esté remotamente asociado con la cultura de la muerte. Algunas de las diócesis más importantes tienen parroquias gais que están en la primera línea de la liberación sexual. Otras se rebelan contra la transigencia de la era posconciliar y quieren restablecer la tradición. Ante esta situación, el impulso dominante es hacer todo lo posible para mantener la unidad a toda costa. Esto incluye evitar otra ronda de conflictos sobre la moral sexual, una de las razones por las que se toleró que McCarrick tuviera relaciones con hombres. Tras la promulgación de la Humanae Vitae, un episcopado minado por la confrontación ha intentado, en general, evitar criticar el sexo entre adultos que consentían.

Algunos aspectos del largo pontificado de Juan Pablo II y del pontificado de Benedicto XVI han ayudado a este enfoque. El Papa polaco blandió su espada y amenazó con poner a la Compañía de Jesús bajo sindicatura eclesiástica. Al final, no hubo purga en la dirección de la Compañía de Jesús. Juan Pablo II se mostró satisfecho con una moderación leve de la retórica anti-magisterio. Este patrón se ha repetido a menudo. Algunas de las locuras de la década posterior al Vaticano II fueron arrinconadas. El Papa declaró cerrada la cuestión de las mujeres sacerdotes, por ejemplo. Pero las órdenes religiosas, las facultades de teología y otros órganos de la Iglesia hicieron lo que quisieron; esta es la razón por la que se discute cada cuestión que los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto daban por concluida. Veritatis Splendor no es actual; vuelve la teología moral revisionista. Dominus Iesus es letra muerta; el espíritu del “diálogo” reina.

Si miramos atrás después de estos cinco años de pontificado de Francisco, está claro que la era Juan Pablo II-Benedicto fue una época de hablar claramente, pero sin llevar a cabo acciones decisivas. Estos dos grandes Papas vinieron tras la vía intermedia de Pablo VI, e intentaron oponerse al radicalismo revisionista reforzando elementos tradicionales en la fe católica y evitando adaptar las versiones más extremistas del catolicismo progresista. Era típico de Juan Pablo II crear algo nuevo (el Instituto para el Matrimonio y la Familia, por ejemplo), o abordar un argumento ortodoxo de una manera atractiva (su Teología del Cuerpo). Creía en el poder del “sí”, en darle la vuelta a la oposición atrincherada en lugar de enfrentarse directamente a ella.

Los logros de Juan Pablo II y Benedicto fueron reales, pero limitados. El modo de gobernar que “evita oponerse a los extremismos” dejó paralizadas momentáneamente a las facciones de los 70, y es por esta razón por la que una gran parte del pontificado de Francisco tiene este sentimiento retro a medida que estas facciones se activan gracias a su retórica extremista. La “hermenéutica de la continuidad”, como llamó Ratzinger a la forma del catolicismo posconciliar durante el pontificado de Juan Pablo II y el suyo propio, nunca llegó a imponerse.

Juan Pablo II adoptó un enfoque relativamente flexible en el gobierno porque confiaba en el genio del Vaticano II. Creía que el poder pastoral de su humanismo cristiano genuino uniría, con el tiempo, a la Iglesia, que volvería a ser inspiración para Occidente. En este sentido, el Papa Francisco se parece a él, aunque tiene claramente una visión distinta del Vaticano II y un estilo más autoritario. (Francisco, a diferencia de Juan Pablo II, está deseando purgar a sus adversarios). Benedicto era más escéptico sobre el Vaticano II (como lo soy yo). Pero también él gobernó con generosidad, en ocasiones manteniendo los límites, pero adoptando mayormente el enfoque de Pablo VI sobre mantener la unidad. Impulsó lo que él creía que proporcionaría al futuro de la Iglesia unas bases sólidas (sobre todo, recuperó la liturgia), mientras convivía lo mejor que pudo con los molestos disidentes, algunos de ellos situados en las más altas instancias del Vaticano.

Durante mucho tiempo creí que este era un enfoque prudente. La generación de sacerdotes que surgió durante el papado de Juan Pablo II predecía una Iglesia más sana y fiel. Debíamos impulsar este cambio que, con el tiempo, transformaría a la Iglesia. Mientras tanto, lo único que teníamos que hacer era sencillamente soportar a los vejestorios del posconcilio y sus guitarras, a las facultades de teología disconformes y a los jesuitas disidentes. ¿Una mafia de color lavanda en la cancillería? A lo mejor es necesario este tipo de enfoque. En todo caso, creíamos que estos problemas se resolverían cuando la generación de Juan Pablo II llegara al poder.

Por muy consolador que fuera este relato, resultó ser demasiado consolador. Lo utilizábamos para desviar nuestra atención de la realidad demasiado dura y deprimente del presente. ¡Es comprensible! Con toda probabilidad, el amplio sistema de escuelas parroquiales es una causa perdida, cautivo de la apatía más que del disentimiento. Las universidades católicas fomentan una cultura del disentimiento y lo seguirán haciendo en el futuro próximo. Los apostolados de justicia social seguirán reduciendo el evangelio a política progresista. Y parece imposible poder escapar de las liturgias banales postconciliares. Estas son cosas que “todos saben”.

Si miro atrás, puedo ver que, por lo menos en parte, he cultivado una sensibilidad similar a la que evitó que nuestros obispos tomaran decisiones duras. Cuando llegaba el momento de la dura verdad, yo también tenía tendencia a mirar a otro lado, y me centraba en alimentar las semillas del futuro en lugar de pelearme con los fracasos y la corrupción del presente, difíciles de resolver. Así es cómo intentamos sobrevivir espiritualmente en una Iglesia debilitada. El informe del Gran Jurado de Pensilvania y el caso McCarrick hacen que ese antiguo enfoque sea imposible. (Apéndice de última hora: la carta de Viganò hace que sea imposible seguir como antes). Ya no podemos mirar a otro lado.

El miedo al desgaste y al fracaso ha sido el tono espiritual escondido de la Iglesia de Occidente desde el Vaticano II. El Concilio proclamó un nuevo amanecer, pero lo que trajo en realidad es un atardecer de conflicto y confusión: hombres que abandonaban el sacerdocio, el colapso de las vocaciones clericales, un liturgia traicionada, la huida de las verdades eternas y, según algunos, las esperanzas frustradas de una grandiosa mezcla teilhardiana. El atardecer se ha prolongado. Los obispos están embotados ante los desafíos inmediatos a los que tienen que enfrentarse: presupuestos disminuidos y falta de sacerdotes. Sienten la fragilidad incluso de las mejores parroquias de los barrios más prósperos. ¿Se derrumbarán también estas tan rápidamente como la ahora vacante parroquia urbano-étnica que antes parecía el cimiento fundacional de la cultura católica americana?

Estos y otros pensamientos oscuros paralizan nuestra imaginación espiritual. Nuestros estándares disminuyen, como vemos en la tolerancia vergonzosa hacia los crímenes de McCarrick. Sobrevivir es ya suficiente. Juan Pablo II sintió la pobreza espiritual de esta reacción; por eso nos exhortó a no tener miedo.

Es doloroso darse cuenta de que la homosexualidad en el clero está tolerada incluso en los niveles más altos de la Iglesia. ¿Acaso no tenemos ya suficientes problemas? Enfrentarnos a lo que hizo McCarrick acabará, gracias a Dios, con el enfoque de mantener la unidad.

La tentación de mirar a otro lado (o de encubrir) es fuerte. Es así cómo funciona el régimen eclesial de nuestros tiempos, no sólo en lo que se refiere a la mala conducta del clero, sino en una amplia gama de cuestiones. Este régimen debe ser desmantelado. No podemos poner un parche a esta cultura eclesiástica despedazada. Tenemos que enfrentarnos a la cruda verdad.

El Papa Francisco ha hablado de la Iglesia como de un hospital de campaña. La imagen es equivocada. En realidad, la Iglesia está en un hospital de campaña, atendida por médicos sacerdotes que no reconocen que ya no hay tiempo suficiente. No pueden pedir más pruebas médicas o quedarse de brazos cruzados. Deben actuar con decisión.

¿Qué viene ahora?

Debido a la juventud de su nación, los obispos americanos del siglo XIX fueron excepcionalmente poderosos e importantes. No heredaron las facultades teológicas, los capítulos catedralicios y las donaciones vinculantes que rodeaban a la autoridad de los obispos en Europa. En los territorios de misión, no estaban sujetos a la ley canónica europea. Debido a una comunicación lenta con Roma, los obispos americanos tenían plena autoridad, y los mejores de ellos la utilizaron para construir una notable infraestructura católica en los Estados Unidos. La gloria de esta infraestructura era el sistema de escuelas parroquiales.

El poder sigue estando intacto, pero ahora es realmente ineficaz. La tendencia a la centralización que surgió en la posguerra contribuyó a crear un sistema episcopal esclerótico y anquilosado; un sistema de privilegios, burocracia en las cancillerías, comisiones en las escuelas parroquiales, departamentos de bienes inmuebles y otras comisiones diocesanas. Después del Vaticano II, la conferencia episcopal creó la burocracia a nivel nacional.

Este sistema centrado en los obispos está fracasando, como demuestra la indignante tolerancia a las conocidas escapadas sexuales de McCarrick. En realidad, hace décadas que ha fracasado. El problema no son sólo el despilfarro, el fraude y los abusos, vicios habituales en las grandes entidades burocráticas. El sistema de escuelas parroquiales salió del control de los obispos poco tiempo después del Vaticano II, y ningún obispo de las diócesis importantes ha conseguido volver a tener el control del mismo. Las razones son muchas, incluyendo el hecho de que muchas familias católicas prefieren que siga siendo así. Pero el hecho permanece. Teóricamente, los obispos son los responsables, pero sin consecuencias. Esto no sólo es verdad respecto a las escuelas, sino a todo el sistema. En algunos casos, despachos diocesanos enteros y organizaciones auxiliares tienen como empleados a personas disidentes. El establishment de la Iglesia americana está dañado por una parálisis espiritual. El imperativo de Pablo VI -evitar oponerse a los extremismos-, ha situado a los obispos en el centro de una contienda auto-anulable entre las facciones creadas por el Concilio Vaticano II.

Esta parálisis es evidente en lo que ha ocurrido en décadas recientes. A diferencia de la Iglesia americana antes de la Segunda Guerra Mundial, ninguna de las iniciativas importantes de los últimos cincuenta años procede de los obispos o de las cancillerías. Un proyecto que tuvo influencia después del Vaticano II fue el Integrated Humanities Program de la Universidad de Kansas. Fue un experimento educativo que no tenía ninguna vinculación a la Iglesia institucional. Los esfuerzos de evangelización de la Fellowship of Catholic University Students (FOCUS) tuvieron el apoyo del episcopado, pero es un proyecto laico que depende del dinero que recaudan los propios misioneros laicos.

Ha habido iniciativas comunitarias similares en otros lugares, siempre al margen de las autoridades eclesiásticas, y a veces en conflicto directo con intereses creados. Estamos en medio de una revolución educativa en la Iglesia católica, una que llevan adelante los progenitores católicos, que han decidido tomar las riendas de la formación religiosa de sus hijos. Algunos de estos hijos son educados en casa (homeschooling). Otros están creando maravillosas escuelas y facultades basadas en los libros memorables de Occidente[i], que se están convirtiendo en la alternativa a los sistemas parroquiales vacantes.

Lo mismo sucede con el liderazgo público. Desde el Vaticano II, la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos ha fracasado ampliamente a la hora de ofrecer un liderazgo eficaz. En cambio, salen a la luz iniciativas y proyectos laicos. El movimiento pro-vida ha tenido éxito a pesar de los esfuerzos de algunos obispos importantes de obstaculizar su influencia hablando de “la túnica sin costuras”[ii]. Católicos laicos guiados por laicos y organizaciones independientes asumieron el liderazgo en el debate sobre el matrimonio homosexual. Por el momento hay muy pocas voces dentro del clero que tengan resultados públicos en la vida americana. Sí que las hay entre los católicos laicos. Algunos ejemplos: Garry Wills, George Weigel y Ross Douthat. Esta publicación, por ejemplo, no está vinculada en absoluto a la Iglesia institucional.

Un episodio reciente resume nuestra situación e ilustra lo que está fallando. Y cómo se debe configurar el futuro de la Iglesia. Unos jóvenes amigos míos intentaron recientemente abrir una escuela laica, que estuviera arraigada en los grandes libros de Occidente. Los responsables del departamento de educación de la archidiócesis les pusieron todas las trabas posibles y se negaron a concederles una escuela parroquial vacía a no ser que pagaran el precio de alquiler que marcaba el mercado. Debido a la disminución de inscripciones y a presupuestos ajustados, el antiguo sistema parroquial lucha por sobrevivir.

Pero tenemos buenas noticias. Este tira y afloja relacionado con un edificio escolar se resolvió porque hay padres católicos comprometidos que son conscientes de las realidades actuales, y que no quieren enviar a sus hijos a las escuelas parroquiales existentes donde la transmisión de la fe es ineficaz. Por lo tanto, se unieron para llevar a cabo una acción conjunta y superar la resistencia del fracasado sistema actual, centrado en el obispo. La Neumann Classical School ha abierto recientemente sus puertas en Tuckahoe, New York.

Hay muchos matrimonios católicos jóvenes que están tomando la misma decisión que tomaron mis amigos del Condado de Westchester. Están creando nuevas escuelas esquivando el sistema eclesial. Lo mismo sucede en la educación superior. Hace dos generaciones, casi todos los padres católicos confiaban en las facultades y universidades católicas existentes. Esto ya no es así. La consecuencia es que almas valientes se aventuran con nuevas fundaciones. En este, como en otros ámbitos de la vida católica contemporánea, el espíritu de iniciativa se aleja del control episcopal.

Esta migración no implica un impulso anticlerical. A menudo estos nuevos proyectos se están llevando a cabo en estrecha colaboración con el clero. Además, los mismos sacerdotes reconocen a menudo la necesidad de “autonomía”. Conozco a sacerdotes a los que les gustaría reformar la liturgia en sus parroquias y lanzar nuevas iniciativas, pero la mentalidad de mantener una visión unificada de los episcopados les detiene. Se les pide que no cambien las cosas. Después del caso McCarrick, no deberían esperar las órdenes del cuartel general, ya que los obispos han empleado mal su autoridad teológica. Que digan que lo sienten, si lo necesitan, pero que no pidan permiso.

En este clima de ira causado por un liderazgo episcopal irresponsable, las parroquias pueden florecer; y lo harán si hay sacerdotes audaces que estén dispuestos a correr algunos riesgos. Esto mismo vale para los obispos. Durante los últimos cincuenta años, progresistas enfadados han hallado fuerza espiritual en parroquias centradas en la justicia social, que no tuvieron miedo de discutir con el obispo local. Aquellos de nosotros cuyas convicciones teológicas están tomando la dirección contraria, debemos aprender de su experiencia. Cualquier sacerdote que piense que debería celebrar la misa ad orientem debe hacerlo. Laicos enfadados como yo estamos anhelando que se lleven a cabo medidas firmes en nombre de la integridad litúrgica y teológica. Estamos cansados de “evitar oponernos a los extremismos”, una mentalidad que tal vez fuera útil durante un cierto periodo de tiempo, pero que ha llevado a la mediocridad y la parálisis.

Las órdenes religiosas y los nuevos movimientos eclesiales laicos actúan independientemente de las comisiones, despachos y comités controlados directamente por los obispos. El sacerdote y los miembros laicos de estas órdenes, como los miembros de los movimientos eclesiales, son agentes libres dentro de la Iglesia. Su papel en las periferias del sistema dominado por el obispo en la Iglesia americana será cada vez más importante en los próximos años. La anarquía dejará el campo libre para que pasen cosas malas. El caso de Marcial Maciel y los Legionarios de Cristo ofrece una seria advertencia y nos recuerda la necesidad de elevar la autoridad eclesiástica. Pero también llegará el bien; y surgirá, como está surgiendo ahora, de las iniciativas, movimientos y proyectos situados fuera del establishment de la Iglesia.

Pasos concretos que hay que dar. (1) Un comité de investigación debe hacer una crónica de los crímenes de McCarrick y revelar los nombres de quienes le ayudaron a evadir la disciplina de la Iglesia, ya sea por pecado de comisión o de omisión. Dicho comité tiene que estar formado también por miembros laicos de peso y de probada integridad. (2) Los obispos deben autoimponerse los estándares estrictos que formularon para los sacerdotes después de la crisis de Boston de 2002, con el fin de abordar la cuestión de los abusos sexuales por parte del clero. (3) Los abogados especialistas en derecho canónico tienen que diseñar un mecanismo que proteja a los sacerdotes y seminaristas que revelen actos de mala conducta sexual, garantizando que esta será abordada y no ignorada, como ha sucedido en el caso McCarrick.

Tenemos que tener las cosas muy claras respecto al futuro. Estas soluciones concretas, por sí solas, no harán justicia a las víctimas. No sanarán el daño espiritual hecho por las revelaciones de este verano. Y tampoco remediarán la gran cantidad de errores de nuestro status quoeclesiástico. La Iglesia tiene una constitución sobrenatural, una que establece el triple orden de obispo, sacerdote y diácono. Ningún tipo de mala gestión o conducta indebida cambia este orden sobrenatural, ni debe hacerlo. Sin embargo, no hay nada en el depósito de la revelación que diga que un obispo y su burocracia deben ser la fuente de la renovación espiritual, o que necesitamos su permiso para llevar a cabo la acción del Señor en nuestros días. Nos encaminamos a una cultura anti-establishment eclesial, una en la que los obispos tienen un papel cada vez menos significativo. Su autoridad canónica permanecerá intacta. Son y siempre serán la autoridad de gobierno en sus diócesis, pero perderán su autoridad moral y espiritual. De hecho, ya la han perdido.

Nos toca a nosotros reconstruir la autoridad moral y espiritual, que es inherente al Cuerpo de Cristo en su totalidad.

Ya que hablamos de ello…

♦ Mientras preparábamos la publicación de este texto, el arzobispo Carlo Maria Viganò ha publicado una larga carta detallando la corrupción moral de McCarrick, tolerada por los más altos cargos de la Iglesia. Antiguo nuncio papal en los Estados Unidos, estaba en la posición adecuada para saber. Sus creíbles acusaciones hacen que nuestra situación sea aún más urgente. Debemos desmantelar el anquilosado liderazgo de la Iglesia, incluyendo lo que parece ser el círculo interno de las eminencias eclesiásticas corruptas que dominan el actual pontificado, con el conocimiento y la aprobación del Papa.

♦ No estoy desmoralizado por estas revelaciones sobre los líderes de la Iglesia. De hecho, mi sentir es, en general, todo lo contrario. Un amigo sacerdote hizo una observación después de que salieran a la luz las revelaciones sobre McCarrick: “Durante la última generación, ha sido peor para tu carrera decir la misa en latín que acosar sexualmente a los seminaristas”. El informe de Viganò ratifica esta afirmación. No podemos controlar al mundo secular y sus cruzados progresistas, que nos plantean tantos desafíos. Pero gracias a la valentía de hombres como Viganò, vemos que Dios protege a la Iglesia y sus revelaciones nos dan la fuerza para hacer todo lo necesario para purificarla. Esto es alentador.

♦ Cuando el nombre de la juez Amy Barrett apareció en la breve lista para sustituir al juez Anthony Kennedy, Michael Sean Winters lo vio como una oportunidad para denunciar “el establishment legal católico conservador” que, supuestamente, Barrett representa. Se lamentaba del modo cómo los controversistas (no él, desde luego) sacaban provecho del compromiso católico de Barrett. “De nuevo”, ha escrito, “el papel de los católicos en la vida pública está reducido a cuestiones de teología pélvica”. Es un modo peculiar de describir lo que es comprometerse por la santidad de la vida. Al fin y al cabo, Barrett ha causado desazón entre los progresistas porque estos comprendieron que ella es contraria al aborto y, por consiguiente, estaba dispuesta a revocar la ley Roe. Según parece, Michael Sean Winters considera que el niño no nacido es un daño colateral en la política sexual actual (“teología pélvica”), y no un objeto legítimo de preocupación moral por derecho propio.

♦ Un amigo y yo estuvimos discutiendo hace poco del origen de nuestra cultura centrada en el “yo”. Mi amigo observó que después de la Segunda Guerra Mundial, muchos de los que dieron forma a la cultura estaban en Nueva York y Hollywood, donde se sometieron a años de psicoanálisis. La consecuencia es que su periodo más prolongado de reflexión sostenida implicaba pensar profundamente sobre ellos mismos.

♦ Recientemente, Paul Griffiths me ha regañado por sugerir que estamos en una época de declive moral. No, ha dicho, esto es progresismo al revés. Ambas son falsas. La cuestión no es si las cosas van a ir a mejor o a peor. En cambio, el cambio histórico se entiende mejor como redistribución del mal.

♦ Solzhenitsyn planteó la cuestión de manera distinta: “Nos corresponde a nosotros ver el Progreso (que nadie ni nada puede detener) como una corriente de bendiciones infinitas” -podría haber dicho “maldiciones”-, “y verlo más bien como un don de arriba, enviado para poner a prueba de manera extremamente intrincada nuestro libre albedrío”.

♦ Las memorias de Russell Kirk, The Sword of the Imagination, ha sido mi lectura de verano. Estaba hechizado por su prosa idiosincrásica, de dicción, imágenes y expresiones antiguas. El caballero errante de Mecostan me encantó, algo que no sucedió cuando leí a Kirk por primera vez, hace treinta años. Entonces me pareció más un ilusionista que un pensador, que evocaba continuamente “las cosas permanentes” pero sin definirlas, expresándolas como principios claros. Con el paso de los años, tal vez yo he adquirido algo de sabiduría. Leer a Newman me ha ayudado a ver los límites de las argumentaciones rigurosas: “Las personas nos influyen, las voces nos ablandan, las miradas nos someten, las obras nos inflaman. Muchos hombres vivirán y morirán bajo un dogma; ningún hombre será un mártir por un final” [John Henry Newman, Gerard Tracey (1999). The Letters and Diaries of John Henry Newman: Tract 90 and the Jerusalem Bishopric, January 1841-April 1842, p.555, Oxford University Press]. Esta es tanto una verdad política como religiosa, como Kirk reconoció. Creemos que la política está guiada por cálculos racionales egoístas. Esto es verdad hasta cierto punto, “pero el mundo en realidad está gobernado, en cualquier época, no por la racionalidad, sino por la emoción: por el amor, la lealtad, la fe y la imaginación”. Elegimos nuestros intereses; sin embargo, es la imaginación -nuestros esfuerzos para plasmar nuestros propósitos más amplios-, la que nos permite identificar nuestros intereses en primer lugar.

♦ Un nuevo estudio publicado en el Journal of Social and Personal Relationships informa de que sólo un muy pequeño porcentaje de hombres y mujeres heterosexuales considerarían la posibilidad de tener una relación romántica con una persona transgénero. ¡Venga ya!

♦ A John Lynn Gullickson le gustaría crear un grupo ROFTERS [Readers of First Things; Lectores de First Things] en Las Vegas, Nevada. Para contactarle, escribir a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Prudence Robertson está creando un grupo que se reunirá en Steubenville, Ohio. Es posible unirse al grupo escribiendo un email a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

Publicado por R.R. Reno en First Things. Traducido por Elena Faccia Serrano para InfoVaticana.

[i] Los Grandes Libros constituyen el fundamento esencial de la cultura occidental. El número de obras incluidas varía de los 100 a los 150 libros, y difieren en propósito y contexto. De esta expresión deriva el término que se refiere también al currículo o método educativo basado en una lista de estos libros. Mortimer Adler enumera tres criterios para incluir un libro en esta lista:

  1. el libro tiene relevancia para los problemas y cuestiones de nuestros días;
  2. el libro es inagotable, puede ser leído una y otra vez y sacar provecho de él;
  3. el libro es importante para un gran número de grandes ideas y grandes cuestiones que han ocupado las mentes de los pensadores durante los últimos veinticinco siglos. [N.d.T.].

[ii] El difunto cardenal de Chicago, Joseph Bernardin, lanzó en 1983 una propuesta integral conocida como “la túnica sin costura”, con la que animaba a una “ética consecuente con la vida” que no dejaría de lado ninguno de los grandes asuntos relacionados con este tema básico, amplio e interconectado. Bernardín no sólo defendió la necesidad de dicha ética consecuente de la vida, sino que además esbozó la actitud necesaria para mantenerla y los principios que deberían darle forma. En otras palabras, propuso una cosmovisión global y una cultura que buscara encarnar una “ética social heroica”. Escribía así: “Si alguien mantiene, como hacemos nosotros, que el derecho de cada feto a nacer debería ser protegido por la ley civil y apoyado por un consenso civil, entonces nuestras responsabilidades morales, políticas y económicas no se detienen en el momento del nacimiento. Los que defienden el derecho a la vida de los más débiles entre nosotros deben ser igualmente visibles a la hora de apoyar la calidad de vida de los indefensos entre nosotros: las personas mayores y los jóvenes, los hambrientos y las personas sin hogar, el inmigrante indocumentado y el trabajador en paro. Tal calidad de vida se traduce en posturas políticas y económicas concretas sobre fiscalidad, generación de empleo, políticas de bienestar y protección social, nutrición y programas alimentarios y sanidad”. (Daniel Izusquiza, sj. Enraizados en Jesucristo. Editorial Sal Térrea, 2008. páginas 109-110). [N.d.T.]

 

/infovaticana.com/

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El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral.

Nuestra Señora de las Rosas - Mensajes

 

Mensajes a  Maureen Sweeney-Kyle

 

 

 

 

 

“Como hijos de la Nueva Jerusalén,

 

ustedes deben afrontar la corrupción

 

que está consumiendo el corazón del

 

mundo. 

 

La decadencia moral no tiene límites." ...

 

lea más: amorsanto.com 15-09-2009

 

 

 

Primer vínculo vital e irremplazable

Dale el pecho a tu niño hasta los 2 años de edad, como mínimo.

Monumento al no nacido - Eslovaquia

 

 

 

 

Políticas de Estado en Perú

Conozca las exitosas políticas de estado de Perú

Cántico de David 1 Cro 29 10-13

 

 

 

Bendito eres, Señor,

 

Dios de nuestro padre Israel,

 

por los siglos de los siglos.

 

 

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,

 

la gloria, el esplendor, la majestad,

 

porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,

 

tú eres rey y soberano de todo.

 

 

De ti viene la riqueza y la gloria,

 

tú eres Señor del universo,

 

en tu mano están el poder y la fuerza,

 

tú engrandeces y confortas a todos.

 

 

Por eso, Dios nuestro,

 

nosotros te damos gracias,

 

alabando tu nombre glorioso.

 

 

 

 

 

Oración a Sta. María, Señora de la Gracia

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Santísima Virgen María

 

Señora de la Gracia

 

Te ruego me concedas tener

 

Un profundo conocimiento intelectual

 

De tus virtudes virginales

 

Una intensa experiencia vital

 

De tu ternura de madre

 

Y una constante actitud

 

De consagración total

 

A tu Inmaculado Corazón

 

Y que

 

Por el conocimiento

 

El amor

 

Y la consagración

 

Pueda hacerme

 

Un poco más semejante

 

A tu tan querido Hijo

 

Mi Salvador y Señor

 

Jesucristo

 

Amén