Martes, Diciembre 11, 2018

Política de Estado


Martes, 04 Diciembre 2018 09:27

Otro “muro” marxista que se empieza a derrumbar

Estamos a las puertas de un cambio dramático del escenario político y diplomático mundial. Vienen turbulencias. Pero será la primera vez en mucho tiempo en que un bloque sólido de países se enfrente al muro del marxismo cultural imperante en ejes fundamentales.

Así como nadie esperaba la caída del Muro de Berlín, símbolo del ostentoso poder soviético marxista de la segunda parte del siglo XX, hoy puede dar la impresión de que el marxismo cultural imperante en casi toda Europa y América está en trayectoria hacia su colapso. Pero hay que reconocer que muchos hechos políticos recientes estarían presagiando ese camino de disolución. El ciudadano común está harto de la corrupción y pobreza en las que suelen terminar los socialismos de Estado, así como de la chocante incoherencia de sus líderes, que suelen ver la realidad de una manera rígida y así lo buscan imponer a todos los demás.

El 9 de noviembre de 1989 cayó el primer Muro, el de Berlín. Tras casi 3 décadas, un complejo sistema de contención de 155 kilómetros de hormigón y vigas de acero retuvo a personas que pugnaban por liberarse de la opresión marxista. De nada valió la retórica de dirigentes del imperio soviético por hacer creer al mundo que su sistema funcionaba y hacía más felices a las personas. Alambradas, fosos, minas, perros y guardias que disparaban a matar hablaban más fuerte. La vía escape tenía un solo sentido. Y no era hacia lo que predicaba marxismo. Era más bien huir de todo ello, aun a costa de la propia vida.

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Pero la caída de ese primer Muro no fue, como algunos pensaron, el final del marxismo. Conforme se derrumbada, otro “muro” se ponía en construcción, también de signo marxista, pero mucho más sutil. Este no es de hormigón pero igual retiene y restringe la libertad. Y probablemente lo esté haciendo de forma más eficiente. Es el “muro” del marxismo cultural, ese que ya no busca el control de los medios de producción material como lo proponía Karl Marx sino de la forma de pensar de las sociedades.

Construido por Gramsci, Lukács, Kojève, Adorno y Marcuse, entre otros, el muro del marxismo cultural busca el control de los medios de producción intelectual. Aprisiona las mentes controlando el discurso público y lo “políticamente correcto”: el que se expresa diferente es duramente castigado.

Sello conmemorativo de Antonio Gramsci, teórico comunista.Sello conmemorativo de Antonio Gramsci, teórico comunista.

Pacientemente, durante años los arquitectos del marxismo cultural se fueron apoderando de los medios de comunicación y las universidades con tal propósito. Habían descubierto algo que Marx ni soñaba: controlando el discurso y la agenda en la esfera pública pueden controlan la vida social de manera mucho más eficiente que por el control económico. Este auténtico muro mental penetró en la cultura y en las instancias de poder locales e internacionales, extendiéndose desde lo público hasta los ámbitos más privados como la familia y la sexualidad con el fin de controlarlo todo y a todos. Su eficiencia ha estribado hasta ahora en convencer a la gente de lo que ellos quieren sin que la mayoría siquiera sospeche que está bajo su dominio. Juegan con la ilusión de conceder “derechos” y “libertades” a ciudadanos, pero a cambio exigen el reconocimiento del poder absoluto, disfrazado de “normalidad”. Los pocos que vemos que algo no anda bien sentimos que es tan poderoso este aparato que nunca caerá, que solo puede acumular más y más poder, mientras nos confina al nuevo ostracismo que se llama “irrelevancia”, mediante palabras talismán como “ultra” o “…fobos”.

Y, sin embargo, este muro del marxismo cultural está empezando a caer, por más que para muchos parezca tan infranqueable e indestructible como aquel primer Muro, en la década de los 80s.

“The right is cool again”… también en España. El muro se resquebraja y no por acción de la ultra derecha, como dicen los periodistas tratando de menospreciar el fenómeno, sino porque la gente está cansada del experimento de la izquierda

Los hechos van acumulándose: el Brexit, el NO al tramposo acuerdo de paz de Colombia con los narco-guerrilleros de las FARC, la elección de Donald Trump, el triunfo de Viktor Orban como primer ministro de Hungría y la exclusión de “estudios de género” en universidades, la derrota de la legalización del aborto en Argentina, la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, son solo algunos.

Mención particular merece los resultados electorales en Andalucía de esta semana. El partido Vox, que se presenta sin complejos con un discurso que bien se puede definir, entre otras cosas, como anti–marxismo cultural, consiguió 12 diputados regionales. Pasó de 18.000 electores a casi 400.000. Es todo un fenómeno. Por la forma parlamentarista de elegir el presidente regional (equivalente a gobernador en otros países), la suma de los partidos de centro y de derecha puede ser el fin de 36 años de gobierno socialista en Andalucía. Pero, además, pone en jaque la política nacional. “The right is cool again”… también en España. El muro se resquebraja y no por acción de la ultra derecha, como dicen los periodistas tratando de menospreciar el fenómeno, sino porque la gente está cansada del experimento de la izquierda.

En todos estos hechos hay una constante: el marxismo cultural es el establishment que pierde aun usando todo su poder para vencer al opositor que lo desafía. Y pierde contra todos los pronósticos de los guardianes mediáticos y políticos de su discurso público. Triunfa el opositor al marxismo cultural que enfrenta a todo un aparato de poder, y gana incluso con mucho menos recursos económicos y contra la acción hostil y militante de la prensa.

La serpiente del marxismo original y ortodoxo dejó la piel y muchísima gente se quedó mirando la piel vacía, pensando que esa “falsa serpiente” no debería llegar al poder. Mientras, la verdadera serpiente, con otra piel, se estaba convirtiendo en su tirano

¿Por qué? Porque el discurso del marxismo cultural promete mucho y concreta poco. Y lo poco que concreta es exactamente lo opuesto a lo prometido. Los políticos que llegan al poder prometiendo terminar con la pobreza se hacen extremadamente ricos con todo tipo de corrupción y abuso de poder. Los paladines de la libertad sexual del género se convierten en los peores dictadores de pensamiento único LGTBI, perseguidores de todo disidente. Las feministas terminan convirtiendo a las mujeres en la versión femenina de esa parte de los varones que todos detestamos: la del macho irresponsable y egoísta.  Cuanto más poder acumula, y cuanto más lejos lleva sus reformas, las contradicciones se hacen más flagrantes y menos tolerables para la ciudadanía. El desencanto poco a poco se transforma en rechazo y luego en subversión.

Hace pocos días, el diplomático Ernesto Araújo, anunciado como el futuro ministro de Relaciones Exteriores de Brasil declaraba que la misión que ha recibido es acabar con todas las formas ideológicas del marxismo cultural, con cualquiera de sus nombres (género-diversidad sexual, ecologismos, feminismos, multiculturalismos, teología de la liberación, etc.). Araujo desnuda magistralmente la confusión de mucha gente que al rechazar “el comunismo”, ha apuntado todo el tiempo a un monstruo que ya mutó. La serpiente del marxismo original y ortodoxo dejó la piel y muchísima gente se quedó mirando la piel vacía, pensando que esa “falsa serpiente” no debería llegar al poder. Mientras, la verdadera serpiente, con otra piel, se estaba convirtiendo en su tirano. Es la nueva izquierda que nunca abandonó sus principios y praxis de lucha de clases, solo transformó su discurso y supo cómo controlar la agenda pública. Es la “nueva izquierda” que han descrito muy bien Agustín Laje y Nicolás Márquez en su libro que desde hace meses tiene categoría de best seller.

2019, un año clave

Pero Araujo lo tiene todo muy claro. Llama poderosamente la atención su lucidez para detectar la verdadera serpiente y su determinación para combatirla. Y sin duda, esta guerra declarada al marxismo cultural decantará en múltiples escenarios políticos. El 2019 será un año particularmente clave para la política internacional y local: todo apunta a que muchas cosas sucederán durante los próximos 365 días.

Por ejemplo, la posición de Brasil en la ONU dará un giro de 180 grados con Araujo, un hombre que nunca ha escondido su admiración por Donald Trump. Recordemos que Bolsonaro anunció su deseo de retirarse de la ONU y que la embajadora de Estados Unidos, Nikki Haley oficializó el retiro de su país del Consejo de Derechos Humanos calificándola de cloaca y a sus miembros de hipócritas. A quienes hemos estado en los pasillos de la ONU, nos resulta claro que el marxismo cultural actualmente dominante en el sistema internacional no podrá seguir igual con Trump y Bolsonaro en contra. Y las cosas podrían ser mucho peor si, como anunció Bolsonaro, Brasil se retira totalmente de la ONU.

Estamos a las puertas de un cambio dramático del escenario político y diplomático mundial. Vienen turbulencias. Pero será la primera vez en mucho tiempo en que un bloque sólido de países se enfrente al muro del marxismo cultural imperante en ejes fundamentales en temas relacionados con la vida y las libertades.

En el Population Research Institute, hemos seguido de cerca el proceso de maduración de muchos brotes de insubordinación frente a las diferentes imposiciones del marxismo cultural en diversos países. Para potenciar este fenómeno hemos creado recientemente la División RELEASE dedicada a potenciar a organizaciones con herramientas de participación ciudadana. Allí donde se identifica la opresión del marxismo cultural y los ciudadanos encuentran los medios para rebelarse, el cambio tarde o temprano se nota.

El 2019 es año electoral en muchos países de Europa y América y nos traerá más de una sorpresa. Será saludable para la humanidad, aunque no estará exento de momentos delicados, de verdadera crisis. Depende de nosotros si esas crisis son de verdadero crecimiento o tendremos que seguir esperando a un cambio para mejor.

 
 
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