Martes, Diciembre 10, 2019

Política de Estado


Jueves, 03 Enero 2019 09:05

La Iglesia “semper reformanda” (todavía)

 Papa Francisco. Ya a Francisco, de Asís, se le encargó que reparara la Iglesia, y Jorge Bergoglio asumió su nombre de modo significativo, subrayando también su deseo de una iglesia pobre y para los pobres. Por si fuera poco, los cardenales electores buscaron un Papa capaz de recuperar el timón de la barca de Pedro y de proceder a la esperada reforma de la Curia.

¿Ha habido en estos cinco años grandes reformas? Este debería ser el marco en el que escribiéramos la crónica de este pontificado, su “relato”. La prensa y algunos comentaristas nos han acostumbrado al relato de un papa progresista resistido por una minoría radicalizada y desleal de conservadores rígidos. Pero si dividimos la perspectiva examinando por separado las distintas reformas de Francisco -ciertamente no un Papa “conservador”- veremos que el puesto de progresista y conservador hay que repartirlo de modo muy distinto entre variados grupos, según los casos.

Examinemos los distintos aspectos. Quiero subrayar que pretendo un análisis general, no en detalle. Y que lo hago desde un sincero deseo de que el Papa tenga éxito en estas reformas, aunque no oculto algunas discrepancias en los aspectos más teológicos de su pontificado.

 
 

La reforma de la Curia

Este era de partida el gran proyecto. Comenzó con la constitución del C-9. Sus trabajos se han alargado más de lo que nadie había previsto (varias veces se han anunciado resultados “para finales de año”, que no llegan). El equipo está gravemente envejecido y/o dañado. No voy a meter el dedo en la llaga. En un primer momento, la secretaría de Estado puso el pie en la pared, aparcó las ideas originales de un moderator curiae y ganó un sitio en el c9 para Parolin. Así pues, el principio ordenador general de la Curia quedó intacto, y la reforma interna pasó a ser cosmética, manteniendo como siempre el poder la Secretaría de Estado. Aparte de otros aspectos que trataré en los siguientes apartados, parece claro que el único fruto es la creación del Dicasterio de Laicos, Familia y Vida. También éste afectado por las polémicas tanto teológicas como de credibilidad de su cabeza el card. Farrell.

La reforma de las finanzas

Este aspecto no estaba en lo más alto de las prioridades de Francisco, pero fue abordado inmediatamente por razones de oportunidad. El resultado ha sido negativo, aunque no completamente. El Vaticano ha avanzado un poquito, mínimo, en la dirección marcada por Benedicto de asunción de normas internacionales. Sin embargo, la lucha entre distintas cordadas, con sus choques de culturas, de personalidades y seguramente de intereses, han seguido dando titulares negativos, verdaderamente escandalosos. Los números no salen y las cuentas vaticanas están en números rojos que si nadie lo remedia serán catastróficos en pocos años. Aquí también la historia pasa por el frenazo impuesto por Secretaría de Estado al empeño por dar a este ámbito una cierta autonomía.

La reforma de la lucha contra los abusos

Este es otro de los focos de atención de la reforma curial por decirlo así “sobrevenidos”. Aquí también ha habido un frenazo a los esfuerzos iniciales de la reforma, con la constitución de la comisión presidida por el card. O’Malley. La contundencia verbal de las autoridades eclesiásticas no siempre ha ido acompañada de decisiones coherentes. El Papa ha sido muy claro desde el principio, pero ha dudado sobre la instauración de un tribunal que juzgue obispos, y ha colocado a personas de su confianza en puestos clave de la congregación para la doctrina de la Fe, con competencias judiciales en esta materia de abusos, que han mostrado una política menos contundente, si se quiere, más misericordiosa. Pienso que esto es perfectamente opinable, pero es patente la contradicción entre el discurso y sus aplicaciones. En este campo el Papa ha dado traspiés por los que ha tenido que pedir perdón, y ha comenzado a ver que la confianza del pueblo fiel, el apoyo de los medios de comunicación mundiales, e incluso las donaciones de ciertos países, tienen un límite. La reunión sinodal de febrero será clave… para poner los cimientos… todavía seis años después.

A propósito de este apartado podemos señalar que hay un aspecto de la reforma, que es un clásico en la historia de la Iglesia, que el Papa parece no querer abordar a este respecto -aunque sí desde otra perspectiva, como parte de la conversión pastoral, que trataremos al final. Se trata de la reforma del clero. Sí ha habido pasos para dar una formación más pastoral, énfasis en la Confesión y la misericordia, en el discernimiento. Pero apenas se hace referencia a la herida sangrante de un clero y alto cleros que no enseñan la fe ni viven la moral de la Iglesia, particularmente en materia sexual (y que, por tanto, maltratan la Liturgia).

La reforma de las comunicaciones

En estos días de Navidad se ha vuelto a poner en primer plano la dificultad de la reforma de las comunicaciones. Tema también heredado, en el cual se ha trabajado a fondo en un proyecto inicial, que va poniéndose en marcha. Campo complejo técnica y personalmente, muy opinable. En el que sin embargo ha habido también traspiés importantes, como la manipulación fotográfica del primer Viganó, que acabó con su dimisión; y las dificultades para abordar las polémicas en torno a la crisis de los abusos, sobre todo en su dimensión americana: el caso McCarrick y las acusaciones del segundo Viganó. Ahora parece que llegan nombramientos de la confianza del pontífice, con dimisiones de quienes ya no se sentirían de su confianza. Pero nombramientos de confianza -lo hemos visto en los anteriores apartados- no garantizan el éxito, sino que auguran un nuevo episodio de pulso palaciego entre visiones alternativas.

 

La reforma del Sínodo

Bergoglio fue elegido bajo la premisa de que era un hombre de gobierno, capaz de lidiar con problemas organizativos. La realidad de estos cinco años confirma más bien su autodefinición en la entrevista Spadaro: es un hombre que sabe moverse, un poco “zorro”, aunque ingenuo. Un hombre que sabe escuchar, al menos a aquellos que merecen su respeto, que no son todos, pero que luego toma sus decisiones. Un hombre que controla su agenda y su entorno, que no ejerce su labor de gobierno a través de los cauces instituidos -que por otro lado, está llamado a reformar- sino apoyándose en personas de confianza. En ningún campo se ve mejor este modo de proceder que en la preparación, desarrollo y conclusión de los sínodos de obispos. Aquí salta a la vista la gran contradicción (consciente o no) del Papa Francisco. Por un lado ha encontrado en la sinodalidad el modo práctico de llevar adelante sus reformas sin encallar en cuestiones organizativas. Los sínodos son la ocasión de plantar las semillas de su verdadero programa, con la legitimidad representativa de una asamblea sometida a un estudiado caos, para que quienes saben a dónde debe ir puedan lograrlo. Los testimonios de los encargados de gestionar el sínodo son clamorosos: unos que cuentan cómo el Papa sabía lo que quería y cómo quería hacerlo (Forte), otros que como Erdö o Ivan Dias miran perplejos cómo alguien dirige el sínodo al margen de su conocimiento y control, o incluso cómo se previenen sus decisiones mediante reformas canónicas unilaterales. A veces ha hecho falta incluso saltarse las reglas, para hacer constar en el documento final asuntos que no habían aparecido al principio, o que no habían obtenido los votos necesarios… Da la impresión de que en este escenario sinodal, deliberativo, abierto, confuso y preñado de entretelas, es donde el papa reformista se mueve con más soltura y más éxito, emulando al Espíritu, que sopla donde quiere a través de sus causas segundas. Teniendo Sínodo -y después de atribuirle competencias magisteriales- el Papa no necesita C9, ni congregaciones vaticanas.

El reposicionamiento político

Este es un Papado político en extremo. Tanto en términos de política interna como externa. En la interna, sorprende cómo el Papa -por ejemplo en su discurso final al primer sínodo sobre la familia, pero también en entrevistas, etc- atribuye categorías políticas -conservadores, progresistas- a las situaciones eclesiales. En la externa, el reposicionamiento político del Papado es evidente, tanto en su contenido temático como en las formas de su presencia. En cuanto a contenidos y posicionamiento ideológico, el Papa -que aclaró que no era de derechas- claramente quiere desvincular a la Iglesia de los partidos e ideologías conservadores, que han sido sus aliados naturales aunque imperfectos durante la guerra fría, la caída del muro, y las guerras culturales en occidente. Esto se logra con un doble movimiento: dejar de hablar de ciertos temas, tomar partido en otros. Hay precedentes de este esfuerzo en el magisterio de Benedicto, y su intento de vincular los temas de moralidad “conservadora” (vida, matrimonio, educación) con las causas sociales “progresistas”. Pero Francisco ha sido tan enfático, que ha merecido ser calificado como el nuevo gran líder de la izquierda global, y de hecho sus afinidades personales están con los movimientos de base latinoamericanos, cercanos a los regímenes del socialismo bolivariano. En cuanto a los modos de su presencia, el Papa está en primera fila de algunas luchas, como el cambio climático -al que dedicó una encíclica- o la acogida a refugiados e inmigrantes o la erradicación de la pena de muerte o la crítica del capitalismo global; y por otro lado, ha hecho esfuerzos muy comprometedores en la mediación internacional, y en sus relaciones con regímenes antes mirados con recelo desde el Vaticano, con desiguales resultados: Cuba, China, etc. En este campo de la política también se ponen de manifiesto contradicciones sorprendentes, a veces en directo, como cuando el Papa se negó a comentar sobre política italiana, alegando la autonomía de los obispos del país, para después descargar sus contundentes opiniones sobre el Presidente de Estados Unidos.

Podemos en todo caso hacer un balance: el Papa ha logrado un claro cambio de percepción respecto de la Iglesia y un apoyo entusiasta de los medios y opinadores progresistas (aunque en este año ha quedado muy dañado, como hemos dicho antes); y una desvinculación afectiva y efectiva de los movimientos conservadores, que han adoptado una actitud crítica, han dejado de donar al Vaticano, y que cada vez más abogan por políticas contrarias a las causas abanderadas por el Papa, sobre todo en materia de inmigración. En todo esto ha tenido un papel no menor su cita más conocida: “¿quién soy yo para juzgar (a los homosexuales)?

La reforma espiritual y misionera. La conversión pastoral.

Aunque el Papa sea muy político, con los efectos divisivos que esto tiene, es preciso reconocer que tiene una visión espiritual, teológica y pastoral. Aquí el Papa ha mostrado su cara más convincente, su liderazgo espiritual, tanto con su ejemplo como con sus grandes textos programáticos, como Evangelii Gaudium o Gaudete et Exultate. Su propuesta es una iglesia en salida, constituida en hospital de campaña, cercana y misericordiosa, no obsesionada con temas internos, ni endurecida en torno a doctrinas secundarias, pero a la vez espiritual y piadosa. En este empeño su ejemplo personal, sus nombramientos, sus gestos y énfasis comunicadores, marcan la dirección. ¿Ha logrado dar con éxito los primeros pasos en esa dirección? Habría que preguntarse cómo medir el éxito de esta reforma. En todo caso, parece comprometida por la confusión y la división que han generado las otras reformas, que deberían estar subordinadas a esta última.

En concreto hay dos puntos que me parecen claros en los que el Papa se equivoca y que son la causa de su fracaso en esta reforma espiritual. El primero es sobre el papel de la Iglesia y del Papa. Antes teníamos una Iglesia que enseñaba con claridad la doctrina (al menos desde Roma), y que se alinea con claridad en temas culturales aunque en teoría deje libertad política. Bergoglio, en vez de enfatizar con claridad lo esencial e intocable, abre inagotables y agotadoras discusiones sobre puntos doctrinales, creando un clima de provisionalidad y revisionismo, con lo que se pierde lo bueno del modelo de Iglesia anterior, dique ante la sociedad líquida. Por el contrario, en materias de por sí opinables, donde quizá convenía a la Iglesia una desvinculación ante la complejidad contemporánea, se implica con un compromiso muy concreto y cargado ideológicamente, en los temas referidos anteriormente. En lo que debería haber seguridad y autoridad, discusión; en lo que debería haber libertad y discusión abierta, autoridad. Esto en la Iglesia solo trae división.

El segundo punto es el de sus nombramientos y personas de confianza. Aquí se manifiestan las filias y las fobias personales. Y se pone de manifiesto una realidad sociológica: que es escaso el número de sacerdotes y obispos que como Bergoglio son a la vez piadosos, sobrios y ejemplares, y deseosos de ser fiel a la Iglesia; y por otro lado, innovadores, creativos, y flexibles en algunos puntos de la disciplina sacramental y de la moral. Es más, ese número se acerca peligrosamente a uno.

Francisco ¿primero y último?

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, ambigüedades y fracasos, pienso que la Iglesia universal se beneficiará de muchas de las enseñanzas y ejemplos del Papa Francisco, y sin duda reflexionará a fondo en los próximos años sobre los retos que con una valentía rallana en la temeridad, ha afrontado Bergoglio. Después del Papa Francisco ya no es posible la Iglesia del encastillamiento conservador. Se han abandonado las posiciones de resistencia, y se han consolidado y agudizado las cifras dramáticas de la descristianización y la pérdida de poder social. Ojalá después de Francisco venga un Buenaventura y no un Francisco II.

 

 

https://infovaticana.com

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