Lunes, 26 Marzo 2012 21:01

Argentina importa la mitad que los países desarrollados

Se pretende justificar la política de multiplicar las restricciones sobre las importaciones con el argumento de que se protege la producción local. Se trata de una visión extremadamente cortoplacista y perniciosa. La experiencia internacional demuestra, con contundencia, que el progreso social está asociado a la generación de condiciones económicas internas que permitan producir en situaciones tan o más ventajosas que en el exterior. Esto no se logra con aislamiento económico sino facilitando la integración comercial con otros países.

La decisión de exigir una declaración jurada ante la AFIP como paso previo para concretar la adquisición de bienes del extranjero es un escollo que se suma a un proceso de crecientes trabas a las importaciones. La visión oficial es que por esta vía se restringe el ingreso de productos extranjeros, promoviendo la producción local de esos bienes y, con ello, se protege el superávit comercial.

La protección de la fabricación local busca mantener el nivel de actividad económica y el empleo de cara a una economía mundial que para el año 2012 promete desacelerarse. Otro objetivo, menos declamado pero tal vez más buscado, es incrementar la disponibilidad de divisas en un contexto en que es creciente la demanda de la población por atesorar moneda extranjera como manera de preservar sus ahorros. 

Según datos del Ministerio de Economía referidos a los años 2010 y 2011, el total de importaciones de la Argentina equivale al 16% del Producto Bruto Interno (PBI). Una manera de evaluar, con objetividad, si este nivel de importaciones denota desprotección de la producción nacional es comparar el mismo indicador con otros países. En este sentido, según estadísticas del Banco Mundial, aparece que:

• En Brasil, las importaciones equivalen a aproximadamente el 12% del PBI.

• En Australia las importaciones equivalen al 22%, en Nueva Zelanda al 26% y en Canadá al 31%.

• En el conjunto de los países desarrollados las importaciones promedian el 40% del PBI de cada país.

Estas evidencias muestran, con claridad, que la Argentina no se caracteriza por tener un alto nivel de importaciones. Las compras al exterior son un poco más altas que en Brasil (que por ser un país mucho más grande depende menos de la integración con otros países), pero mucho más bajas que en países como Australia, Nueva Zelanda y Canadá (con tamaños y perfiles productivos que guardan cierta analogías con el caso argentino). Si se toma como referencia al conjunto de los países desarrollados, aparece que los niveles de importaciones en esos países más que duplican a los de la Argentina.

El progreso, en general, está asociado a altos niveles de importaciones y exportaciones ya que la integración comercial es fuente de desarrollo y bienestar. El premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien cuestiona enfáticamente el librecambismo sin intervención del Estado, señala la importancia estratégica de aumentar las exportaciones porque de esta manera –dice este autor– se pueden incrementar las importaciones. Con más importaciones, la población goza de una gama más diversificada y barata de productos para consumir (aumentando el bienestar) y los productores disponen de bienes de capital, tecnología e insumos más avanzados para producir (elevando la eficiencia productiva). 

No es casual que muchos países avanzados tienen índices de apertura (es decir, la suma de exportaciones más importaciones) próximos al 100% del PBI. O sea, la suma de lo que compran más lo que venden al exterior es equivalente a lo que producen internamente. En Argentina, en cambio, el índice de apertura llega apenas al 34%. Esto sugiere que la Argentina es una economía relativamente cerrada, rasgo que afecta a los consumidores (por la menor variedad, calidad y mayores precios de productos) y a los productores (por el menor acceso a tecnología avanzadas).
Con trabas a las importaciones se beneficia a ciertas empresas en desmedro del resto de las no protegidas y, fundamentalmente, se deteriora la calidad de vida de la gente que debe pagar productos más caros y de menor calidad. En paralelo, dentro de la maraña burocrática de las autorizaciones se multiplican las oportunidades de corrupción.

El camino alternativo es comprometer al sector público en generar las condiciones internas propicias para que producir en la Argentina sea tan o más ventajoso que en el exterior. Para ello, un requisito esencial –entre otros factores– es promover más integración. Imponer el aislamiento implica, por el contrario, generar privilegios para algunos empresarios y burócratas, en desmedro del resto del sector productivo y de la calidad de vida de la gente.

(IDESA)