Miércoles, 10 Marzo 2021 17:25

Francisco: “El mundo no es aún consciente de que migrar es un derecho humano”

Emigrar -y no emigrar- es un derecho humano, ha dejado claro el Papa en el vuelo de regreso a Roma. La consecuencia inmediata e inevitable es que ningún país tiene el derecho de controlar sus fronteras.

“La migración es un derecho doble: el derecho a no migrar y el derecho a migrar”, ha declarado Su Santidad en la rueda de prensa en el vuelo de regreso tras su histórica visita a Irak. “Estas personas no tienen ninguno de los dos, porque no pueden emigrar, no saben cómo hacerlo. Y no pueden emigrar porque el mundo aún no ha tomado conciencia de que la migración es un derecho humano”.

Todo derecho supone necesariamente una obligación correspondiente. Así, el derecho humano de la migración presupone el deber de todo Estado a acoger a cualquier extranjero que quiera asentarse en su territorio, en cualquier número o condición. sin que puedan alegarse para restringirlo razones de ningún tipo. Eso es lo que pasa con los derechos humanos: no son dependientes de las circunstancias.

 

Para entender una declaración contundente de este género, lo más práctico es ponerse en los casos extremos que permite, a los que obliga. Si es un derecho humano, lo es para una persona, para diez, para cien o para cincuenta millones. O no es un verdadero derecho humano.

Pero incluso cuando Su Santidad lo ha definido como derecho humano -disculpen la reiteración, que es necesaria- y, por tanto, no sujeto a razones específicas para emigrar, ni a número o utilidad, Francisco introduce una ‘ventaja’ en este fenómeno.

Dice el Pontífice: “La otra vez un sociólogo italiano me dijo, hablando del invierno demográfico en Italia: dentro de cuarenta años tendremos que «importar» extranjeros para que trabajen y paguen las contribuciones de nuestras pensiones. Ustedes, los franceses, fueron más inteligentes, fueron adelante desde hace diez años con la ley que apoya a la familia, su nivel de crecimiento es muy grande”.

Da la sensación, oyendo estas palabras, de que el ‘invierno demográfico’ fuera como el estacional, es decir, un fenómeno que no puede evitarse y solo cabe protegerse contra sus consecuencias negativas. Es decir, que no vale la pena estudiar las causas de esta caída de la natalidad sin precedentes ni mencionar o sugerir soluciones para revertirla o desacelerarla. Actuar políticamente sobre las poblaciones nativas para que sea posible y atractivo tener una familia se da lado como si se tratara de una imposibilidad práctica, aunque haya sido la condición normal de la humanidad y sigue siéndolo precisamente en esos países de donde llegan mayoritariamente los inmigrantes.

Es, visto desde el otro lado, exactamente lo mismo que se aplica a las situaciones de conflicto enquistado y pobreza prevalentes en los países de partida: se da por hecho implícitamente que no se puede, realmente, promover un desarrollo o una convivencia pacífica que permita a la gente lo que más suele desear: desarrollar su vida entre los suyos, en la cultura que conoce y le es propia, en la población de la que se siente parte.

Para ambos problemas, desde luego, es más fácil promover la inmigración masiva, que es siempre un desgarro para el inmigrante y a menudo problemático para el país de acogida. Al menos, es más fácil para los poderes fácticos que no tienen el menor interés en que se resuelvan los tres problemas mencionados y que se van a beneficiar de una mano de obra acostumbrados a condiciones laborales y niveles salariales muy ventajosos para el empresario.

Concluye el Santo Padre: “Pero la migración se la vive como una invasión”. Mi pregunta es: ¿y qué si fuera una invasión? Si la migración es un derecho humano, inalienable e irrestringible, ¿cómo podría detenerse legítimamente?

 

Y sigue: “Ayer quise recibir después de la misa, porque él lo pidió, al padre de Alan Kurdi, este niño, que es un símbolo, Alan Kurdi es un símbolo”. Y tiene razón: es un símbolo, ‘creado’, hasta cierto punto, por los medios de comunicación. Uno solo tiene que rastrear los detalles del caso para advertir hasta qué punto es exactamente eso, un símbolo para cuya construcción se han expurgado cuidadosamente circunstancias que lo convierten en una realidad mucho más compleja.

Y una de arena: “Se necesitan medidas urgentes para que la gente tenga trabajo en sus propios países y no deba emigrar. Y, después, medidas para salvaguardar el derecho a emigrar. Es verdad que cada país debe estudiar bien la capacidad de acogida porque no es sólo la capacidad de recibir y dejarlos en la playa. Es recibirlos, acompañarlos, hacerlos progresar e integrarlos. La integración de los migrantes es la clave”.

Entonces, si depende de la capacidad de un país para “recibirlos, acompañarlos, hacerlos progresar e integrarlos”, es decir, de condiciones económicas no al alcance de muchos, entonces no es un derecho humano.

 

 

Infovaticana.com