Miércoles, 12 Mayo 2021 09:57

El milagro de Calanda, el más documentado de la Historia. Entrevista a José Antonio Bielsa

José Antonio Bielsa Arbiol es articulista y escritor, historiador del arte y graduado en filosofía. Colabora en diversos medios de comunicación. En esta entrevista analiza en profundidad el milagro de Calanda, que conoce perfectamente como historiador y como calandino profundamente ligado a la tradición pilarista.

 

Para comenzar, háblenos de la importancia histórica del Milagro de Calanda.

Es uno de los grandes milagros de la historia de la Catolicidad, certificado por la Santa Madre Iglesia; se trata además de un milagro “de hierro”, de puro irrefutable en cada uno de sus puntos, sin fisuras ni grietas que lo hagan tambalear. Sus más encallecidos detractores, a los que tanto quita el sueño tan prodigiosa manifestación del poder de Dios, no han logrado destapar un supuesto fraude asido a intereses políticos, por el mero hecho de que nunca lo hubo.

 

Al mismo tiempo, el Milagro de Calanda ha intentado ser desmitificado por investigadores heridos en su cuadriculado entendimiento, lo mismo que atacado por incrédulos de toda laya –e incluso tergiversadores/falsificadores de la Historia, cuyos impíos nombres omitiré por caridad–, siendo sometido ocasionalmente a una lectura de bazar de feria bien típica de nuestro descreído tiempo.

 

Pese a todo ello, el Milagro de Calanda resiste las embestidas del tiempo, siglo tras siglo, imponiéndose (al menos por la naturaleza de los hechos y aplastante veracidad, y verdad, del mismo) como uno de los más inauditos, sorprendentes e indiscutibles de los habidos en la historia del Cristianismo: el hecho empírico, el Milagro, se impondría de este modo como certera evidencia de la real posibilidad del milagro (del latín miraculum, derivado de mirari: asombrase) en el mundo terreno, con todas sus consecuencias.

 

Se considera el mejor documentado de la historia.

Con razón, así lo es: son las fuentes primarias las que “hablan” con la sinceridad del primer día, pues este hecho extraordinario tiene a su favor un documento sin el cual todo quedaría en espejismo dudoso (especialmente para el moderno henchido de empirismo): se trata del Acto público del notario Miguel Andreu, de Mazaleón, testificado en Calanda el 2 de abril de 1640, escrito apenas cinco días después del milagro. Sin este documento esencial, reiteramos, el Milagro de Calanda sería uno de tantos. Mas el texto existe para nuestra suerte.

 

Un segundo documento en importancia –al menos desde la perspectiva histórica del hecho– sería la Sentencia del Arzobispo de Zaragoza, D. Pedro Apaolaza Ramírez, de 27 de abril de 1641, declarando milagrosa la restitución súbita a Miguel Juan Pellicer de su pierna derecha amputada, relectura atenta del suceso, escrita con una corrección de estilo ausente en el previo, y afirmación definitiva del Milagro como tal.

 

Y uno de los más importantes después de la resurrección de Cristo, que se considera anticipo de la resurrección de la carne.

Tal cual. Y esto es lo que saca más de quicio a los enemigos de Cristo y la Iglesia: la constatación de la resurrección de la carne.

 

¿Podía hacernos una narración de los hechos lo más exhaustiva posible?

Ocurrió la noche del 29 de marzo de 1640, en la villa turolense de Calanda y en la persona de Miguel Juan Pellicer, joven mutilado de la pierna derecha, que le había sido amputada –cuatro dedos por debajo de la rodilla– dos años y cinco meses antes, a finales de julio de 1637 en Castellón, al pasarle por encima un carro lleno de trigo.

 

Pellicer, que por entonces contaba diecinueve años de edad, fue llevado al Hospital de Valencia, donde la herida le fue sometida a una deficiente cura. Nostálgico de su tierra, se encaminó cinco días después hacia Zaragoza, subsistiendo a base de limosnas, y llegando a ésta en los primeros días de octubre de dicho año. Lo primero que visitó fue el templo de Nuestra Señora del Pilar, siendo ingresado a continuación en el Hospital de Gracia, donde le fue amputada la pierna dado su penoso estado.

 

Las informaciones y sutilezas de detalle de que disponemos sobre este peregrinaje son muchas y más que suficientes. Lo más significativo, con todo, viene después: tras practicar la mendicidad a las puertas del Pilar, donde Miguel Juan adquirió cierta popularidad como pordiosero habitual en la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, y tras oír misa diaria en la Santa Capilla, regresaría a su Calanda natal. El viaje, largo y difícil, culminaría finalmente. A la espera (inesperada) de la noche del 29 de marzo de 1640, todo cuanto hasta ahora hemos apuntado nada tiene de extraordinario.

 

Sin embargo, aquella noche, algo sobrecogedor, inexplicable, glorioso en su excelso significado, iba a ocurrir: tras encomendarse, como hacía siempre, a la Santísima Virgen del Pilar, Miguel Juan se durmió… Fueron sus padres los que al entrar en el aposento del hijo, horas después, reconocieron con la luz del candil que Miguel Juan tenía no una, sino las dos piernas.

 

Tal y como confesaría después Pellicer, éste soñó que la Virgen del Pilar le había traído y puesto la pierna antaño amputada. Para sorpresa de los médicos y del pueblo en general, algunas de las heridas y marcas de la pierna pretérita aparecían en la “nueva” pierna (que no era una nueva pierna, sino su “antigua” pierna). Este hecho de resonancia europea marcaría la vida de nuestro hombre, hasta el punto de que el propio Felipe IV, recibiéndolo en su corte, le besaría la resucitada pierna.

 

 

¿Cómo se puede probar todo lo que ha afirmado?

Remito a la segunda respuesta, con la referencia a los documentos matrices. Y por supuesto a las voces más autorizadas (de ayer y de hoy) en su estudio, como la del difunto Tomás Domingo Pérez (histórico canónigo archivero-bibliotecario de la S.I.M.), autor del libro más completo hasta la fecha –El Milagro de Calanda y sus fuentes históricas (2006)– sobre el Milagro (sin desdeñar a otros notables autores, que hicieron mucho por la investigación sistemático-científica del suceso, como mi paisano Miguel Sancho Izquierdo).

 

He aquí el gran quebradero de cabeza de todo escéptico cegado a la Verdad: la irrefutable autenticidad, insistimos, de unos documentos legítimos, amén de la memoria colectiva de un pueblo, Calanda, que todavía preserva parte de este legado, pese a la apostasía de las nuevas generaciones hedonistas y tecnólatras, quienes no creen en el hecho extraordinario, y que son un triste reflejo de la progresiva pérdida de la identidad calandina, amén de la muerte de la población anciana (los custodios de la tradición, casi todos ellos ya en el cementerio) y políticas neoliberales del peor cuño; en resumen: todo lo necesario para condenar a un pueblo histórico a la insignificancia del globalismo turbomundialista, que diría Diego Fusaro.

 

Como suele suceder en estos casos ha habido intentos de negar el milagro, por odio a la fe, aunque sin ninguna consistencia.

Lo primero que propicia en el escéptico el “extrañamiento” es la asombrosa documentación que sobre éste persiste: un implacable “puñado de papeles” que confirman lo que en principio y a priori difícilmente podría ser aceptado por cualquier entendimiento humano aferrado a la materia, con fe o sin ella: que una pierna amputada –”una pierna muerta y enterrada“, como reza el conocido romance popular– le sea restituida al propio mutilado por intervención de la Virgen del Pilar.

 

Este hecho extraordinario, que como decimos será puesto en duda –siempre a la ligera– y hasta “desmontado” –de forma inconsecuente, como con tan mala fe ha hecho un Brian Dunning– por propios y extraños, tiene a su favor los referidos documentos y la memoria de todo un pueblo, testigo de excepción del suceso.

 

El último ataque realizado contra el Milagro ha sido un libro especulativo titulado El milagro del cojo de Calanda. La génesis de un mito, escrito por dos convencidos empeñados en negar el Milagro. Por desgracia, de tan estéril lectura, consiguen crear el efecto inverso: que el escéptico termine creyendo. Las hipótesis que se barajan en este libro son las siguientes: 1) que el Milagro fue una “farsa” (sic), impulsada por el “pícaro” Miguel Pellicer y el vicario de Calanda, que en ese momento “estaba siendo investigado por la Inquisición”; 2) que los más de 200 testigos del hecho extraordinario no pasaban de ser una turba de analfabetos, ignorantes y comprados sin escrúpulos –vamos, la gente que según estos iluminados debía predominar por la Calanda de entonces–; y 3) que lo que impulsó a la “construcción” del Milagro no fue más que un vulgar cruce de intereses (“la lucha del clero como telón de fondo”), que llevó a los investigadores históricos a que las fuentes eclesiales fueran “interesadamente mal leídas”.

 

Y para llegar a estas conclusiones dignas de un folletón por entregas, los artífices del embolado necesitan de 735 interminables páginas, a través de un texto sin metodología definida, mera retahíla de elucubraciones y suposiciones. Un desastre de “investigación” que, curiosamente, no fue del todo mal recibida en el pueblo (al menos entre la progresía), como pude comprobar en 2016 a tenor de la publicación de una reseña mía en el boletín municipal. ¡Ríete de Voltaire!

 

¿Qué diría al que lea esta entrevista y siga sin creer en el milagro?

Le diría que la increencia conforma otra forma de creencia, y no precisamente inteligente… Sea como fuere, el Milagro, el hecho extraordinario en sí, quedó anotado en esos preciosos documentos, tan esclarecedores como irrebatibles. Es comprensible que las preguntas, en consecuencia, no dejen de volver a replantearse en una época como la nuestra, una época que ha enterrado la fe religiosa de los hombres como si de una debilidad se tratase.

 

Ante el único milagro documentado de la Historia, todas preguntas devienen redundantes y faltas de sentido: aceptar su veracidad o negarla totalmente, es cosa indiferente. El milagro en cuanto tal persiste, y así será en tanto que ocurrió (tal y como la Historia nos ha confirmado a través de multitud de estudios circulares, testimonios, obras de arte…). Sin embargo, la fuerza de la razón, la mera intuición, parece invitar a muchos a dudar, a negar lo ocurrido, prescindiendo así de la Fe, de una fe que nuestra época apóstata, pragmática y sombría, parece negar a cada instante. Pero, ¿qué juicio puede darse por definitivo, cerrado?

 

Ya era muy conocido, pero fue importante el libro de Vittorio Messori para darlo a conocer a mucha más gente de todo el mundo.

Fue un libro muy oportuno, cuya publicación ayudó a difundir –sobre todo en Italia– la grandeza del Milagro. Desde que Messori lo popularizó en su patria, muchos italianos han acudido en peregrinación al Templo del Pilar de Calanda, deseosos de visitar la Capilla del Milagro, en cuyo espacio original tuvo lugar el prodigio.

 

Como calandino y devoto del Pilar ¿Qué ha supuesto este milagro en su vida?

Por razones familiares, el Milagro –y el Templo del Pilar a él ligado– siempre ha(n) ocupado un lugar descollante en mi más inmediato entorno. Mi difunto abuelo José Arbiol, que desempeñó cargos de responsabilidad en la Juventud de Acción Católica durante los años 40, fue mayoral (cargo honorífico, léase gestor/mantenedor) del Templo del Pilar junto a su hermana entre los años 1978 y 1984; durante este tiempo se llevaron a cabo las principales obras de restauración del edificio tras los destrozos que provocó el Frente Popular en el 36, que arrasó con la práctica totalidad del patrimonio artístico, profanando de paso las tumbas de ilustres prohombres allí inhumados, entre ellas la del Cardenal Cascajares, entre otras cosas duras de contar. Mis padres también ejercieron como mayores durante un par de años, allá en la década de los 90, bien que en cometidos menores.

 

Al mismo tiempo, mi también finada tía María fue determinante en la iniciativa de abrir un Museo dedicado al Milagro (Casa-Museo Miguel Pellicer), ubicado en la antigua casa del Capellán del Pilar, gracias al empeño del P. Gonzalo Gonzalvo, autor intelectual de la infraestructura; por cierto que el propio Mosén Gonzalo sería el principal nexo de comunicación con Messori, ayudando a “internacionalizar” el pueblo en aquellos momentos, con el centenario de don Luis Buñuel a la vista.

 

¿Sería descabellado que un día veamos a Pellicer en los altares o es una gracia gratis dada, que no tiene que ver con la santidad de vida?

No lo creo, ni siquiera como Siervo de Dios. Hay un factor de peso: Calanda no es Lourdes ni Fátima, sino todo lo contrario. A la negligencia por lo propio que nos caracteriza, cabe sumar el abandono relativo de cuanto el Milagro significa para buena parte de la jerarquía eclesiástica (pues hay también incrédulos sobre el Milagro entre las sotanas, como me consta de buena fuente). Si se hubiera sabido difundir el hecho extraordinario como Dios manda, no me cabe la menor duda de que Calanda sería un gran centro mariano de peregrinación, a la altura de La Salette. Sin embargo, se nos conoce más por el accidente de que un cineasta heterodoxo (que no ateo) naciera aquí, además del famoso Melocotón de Calanda… En fin.

 

¿Qué sabemos de la vida de Miguel Pellicer después de experimentar en sus carnes este grandísimo prodigio?

No sabemos grandes cosas de su biografía tras el Milagro, salvo que tras éste a Miguel Juan le restaban pocos años de vida, pues al parecer falleció el 12 de septiembre de 1647 en Velilla de Ebro (Zaragoza), con solamente treinta años de edad.

 

Lo realmente importante es que el conocido por muchos como “Milagro de milagros”, el Milagro de Calanda, realizado por la Virgen del Pilar en la persona de su mutilado devoto Miguel Juan Pellicer, permanecerá vivo en el archivo de las glorias del Catolicismo, desafiante al paso del tiempo, de la fatua razón y de las vanas apariencias de este mundo.

 

 

 

Por Javier Navascués

 

 

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