Miércoles, 09 Junio 2021 11:43

Hoy celebramos a la Beata Ana María Taigi, patrona de las madres de familia

“Aquella mujer era una felicidad para mí y un consuelo para todos... Con su maravilloso tacto, era capaz de mantener una paz celestial en el hogar”, con estas palabras describió Domingo Taigi a su esposa, la Beata Ana María Taigi, patrona de las madres de familia, cuya fiesta se celebra cada 9 de junio.

Anna-Maria Gesualda Antonia Gianetti nació en 1769, en Siena (Italia). Su familia, empobrecida, emigró a Roma y sus padres se dedicaron a trabajar en el servicio doméstico, mientras que ella fue internada en una institución educativa para niños sin recursos.

 

A los 13 años la beata empezó a ganarse el pan con su trabajo. Fue empleada en un centro de tejidos de seda y luego estuvo al servicio de una dama noble en su palacio, trabajando en medio de la ostentación y la vanidad de las familias ricas.

 

Más adelante, Ana María se casó con Domingo Taigi, sirviente de una prestigiosa familia de aquellos días, los Chigi. Domingo era un buen cristiano, pero también colérico y agrio. Por esos días, la gracia de Dios se fue adueñando del corazón de Ana, quien más adelante tendría un encuentro personal en la oración con el Señor, que la animó a renovar su vida y a acercarse a los sacramentos con constancia.

 

Con la guía de su director espiritual, Ana María encontró consuelo en la oración para enfrentar las mortificaciones propias de la vida cotidiana. A pesar de las dificultades, nunca descuidó su papel de ama de casa y esposa. Todo lo contrario, y más bien, se sintió atraída por un compromiso más explícito con Dios, por lo que ingresó a la Tercera Orden Trinitaria.

 

Ana cuidaba de su familia: su quisquilloso esposo, sus siete hijos -tres de los cuales fallecieron de pequeños- y de sus padres, que vivían con ella. Solía juntarlos cada mañana para rezar, los llevaba a Misa y por la noche se volvían a reunir para escuchar lecturas espirituales y terminar el día en oración. Este era su “secreto” para mantener unida a su familia, cerca de Dios. Ana se daba tiempo para trabajar en costura y con eso reunir dinero y ayudar a su marido con los gastos del hogar. A pesar de las carencias, siempre guardaba algo de lo que ganaba para ayudar a los más necesitados.

 

Su vida cotidiana, en lo ordinario del hogar, tuvo mucho de extraordinario: la Beata tuvo algunas experiencias místicas. Dios le concedió intuiciones sobre los designios divinos en relación a los peligros que acechan a la Iglesia, sobre los misterios de fe y sobre acontecimientos futuros. Sufrió auténticas agonías físicas y mentales cuando rezaba por la conversión de algún pecador contumaz, y en algunas oportunidades pudo descubrir las intenciones y pensamientos de algunas de las personas que recurrían a ella en busca de consejo. A San Vicente Strambi le predijo la fecha exacta de su muerte.

 

En los últimos años de su vida su salud se resquebrajó gravemente. Asimismo tuvo que afrontar la prueba de las murmuraciones y calumnias, que soportó con paciencia.

 

Partió a la Casa del Padre el 9 de junio de 1837 y fue beatificada en 1920. Sus restos se encuentran en la Iglesia San Crisógono de Roma. Es patrona de la Acción Católica Italiana y de las mujeres sometidas a abusos verbales por parte de sus esposos.

 

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