Domingo, 13 Junio 2021 08:35

Cómo recibir dignamente la Eucaristía

La hostia consagrada es igual para todos, pero su efecto depende de la salud espiritual de quién la recibe.

(Mauro Gagliardi/Il Timone)- En los sacramentos, la doctrina católica distingue el aspecto objetivo del subjetivo, es decir, la validez del sacramento en sí de su eficacia para quien lo recibe. La terminología clásica hace referencia a esto con las fórmulas ex opere operato y ex opere operantis respectivamente. Un sacramento es válido ex opere operato si están presentes los elementos necesarios para su celebración (cf. «Elementi di validità della Confessione», Il Timone, junio de 2018), mientras que da fruto ex opere operantis si quien lo recibe realiza determinados actos. Esto es así porque los sacramentos «dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas» (CIC, n. 1131)

 

Las palabras de santo Tomás

En cuanto a la comunión eucarística, Cristo está realmente presente en cada hostia consagrada, pero esta presencia objetiva (que no depende de la fe de la persona que comulga) incluye un fruto de gracia solo si es recibida de una determinada manera. Es más: la presencia de Jesús en el sacramento puede resultar perjudicial, en lugar de salvífica, si quien comulga está en pecado grave.

 

La revelación divina enseña: «De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación» (1Cor 11,27-29)

 

Santo Tomás de Aquino expresó esta doctrina en la secuencia Lauda Sion, en la que leemos que el sacramento: «Lo reciben los buenos y lo reciben los malos, pero con desigual fruto: para unos la Vida, para otros, la muerte». Y continúa: «Es muerte para los pecadores y vida para los justos: mira cómo un mismo alimento tiene efectos tan contrarios».

 

La cuestión es, precisamente, esta: la comunión es igual para todos, pero no tiene el mismo efecto en todos, ya que esto último depende del estado de salud espiritual de quien comulga y de la devoción (interior y exterior) con que se comulga.

 

La maternidad de la Iglesia

La Iglesia desea mantener lejos de la comunión a quienes están en pecado grave, no por una voluntad discriminatoria o por «utilizar la comunión como un arma», sino por amor: la Iglesia, como Madre amorosa, quiere evitar que la comunión produzca un efecto de muerte en quien la reciba sin estar en condiciones de hacerlo. La Iglesia actúa como una madre de familia, que mantiene los instrumentos cortantes o los productos peligrosos fuera del alcance de sus hijos. Esos instrumentos y productos son muy útiles para quién sabe utilizarlos, pero pueden ser letales para quien no está preparado a usarlos de la manera correcta.

 

Recientemente se ha convertido en una moda citar la famosa descripción de san Ignacio de Antioquía, según el cual la Eucaristía es «medicina de inmortalidad» (A los Efesios 20,2). Él traducía en estos términos lo que el Señor mismo había dicho: «El que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Sin embargo, los Padres tenían claro que no bastaba recibir la hostia consagrada para tener la vida, porque hay que tomarla con fe y amor, estando en gracia de Dios. De hecho, una medicina pude sanar o puede matar, según el paciente. Que la Eucaristía haya sido instituida por Cristo como medicina de salvación no excluye que recibirla indignamente pueda agravar la condición espiritual del pecador.

 

San Agustín, comentando el capítulo 6 del Evangelio de San Juan, escribe que Jesús habló así «para que comamos la carne de Cristo y la sangre de Cristo no solo en el sacramento, cosa que hacen también muchos malos, sino que la comamos y bebamos hasta la participación del Espíritu. Así permaneceremos en el cuerpo del Señor como miembros, para que su Espíritu nos vivifique y no nos escandalicemos aunque, de momento, con nosotros comen y beben temporalmente los sacramentos muchos que al final tendrán tormentos eternos» (Comentario al Evangelio de Juan, XXVII, 11). Quien recibe el cuerpo eucarístico estando en pecado mortal lleva a cabo un sacrilegio que -expresándonos en términos de espiritualidad- «provoca sufrimiento» al Señor.

 

Las cuatro condiciones

Entonces, ¿qué se pide para recibir dignamente la comunión?

 

Así responde el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica a esta pregunta: «Para recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo» (n. 291). Para que la comunión dé frutos, se deberá prestar atención a estos aspectos:

 

  • Dejando de lado la compleja cuestión de la llamada «intercomunión» entre cristianos de distintas confesiones, para comulgar es necesario ser un fiel católico en comunión con la Iglesia, es decir, ni estar excomulgado ni estar en entredicho. Están excluidos los que «obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» (Código de Derecho Canónico, can. 915). Además del caso de los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil y no viven «como hermano y hermana», se puede recordar el caso (peor aún) de quienes realizan abortos o eutanasias, o cooperan de manera formal con estas prácticas. En este contexto se inserta la cuestión de si un político católico puede apoyar políticas en favor del aborto, la eutanasia o apoyar otros comportamientos que están claramente en oposición con la doctrina católica y que, a pesar de ello, siguen recibiendo la comunión.
  • Es necesario estar en estado de gracia, es decir, no tener conciencia de ningún pecado mortal realizado desde la última confesión hasta el momento de la comunión. Se puede comulgar en estado de pecado grave solo si no es posible confesarse antes y existiera una «razón grave» por la cual fuera necesario recibir la comunión. En estos casos, es necesario «hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes» (can. 916). Se puede considerar que son muy pocos los tipos de ocasión en los que exista una razón grave que obligue a comulgar en estado de pecado mortal (la vergüenza producida por sentirse juzgados por los demás no es una razón grave).
  • Es necesario observar el ayuno eucarístico previo. Según la normativa actual, hay que abstenerse «de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción solo del agua y de las medicinas» (can. 919, §1). Quedan dispensadas «las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan» (§3).
  • Es sumamente oportuno cuidar la actitud interior y exterior con la que el fiel se acerca al altar. Interiormente, es necesario vivir la comunión por lo que es, a saber: el encuentro real con el Señor crucificado y resucitado. No reconocer con fe su presencia es un pecado, como enseña san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla […], pecaríamos si no la adoráramos» (citado por Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis, n. 66). Para que una comunión dé frutos espirituales es necesario meditar sobre la identidad de Aquel que estamos recibiendo (y hay que dar gracias después de la comunión). Dado que el ser humano no es solo alma, sino también cuerpo, este debe expresar a su modo fe y adoración y lo hará mediante los gestos adecuados (genuflexión, permanecer de rodillas, evitar cruzar las piernas cuando se permanece sentado, etc.), como también vistiéndose con modestia, de manera adecuada a la circunstancia y lugar.

 

Valor incalculable

El valor de la comunión bien recibida es incalculable. Gracias a las comuniones realmente santas los miembros de la Iglesia crecen, el Espíritu Santo habita en el corazón de los creyentes y los transforma progresivamente a imagen de Cristo, para la gloria de Dios Padre. La Eucaristía hace a los santos y, de este modo, la Eucaristía hace a la Iglesia.

 

 

 

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