Sábado, 14 Agosto 2021 10:45

Hungría, un modelo para los conservadores

«Hungría no es un modelo para la derecha estadounidense», declaró David French la semana pasada en su columna de The Dispatch, la publicación conservadora «de Vichy» [«republicano o conservador de Vichy» o Vichycons: término que, basándose en la Francia de Vichy, se utilizó por primera vez en 2009 para designar a los republicanos que supuestamente se habían vendido al colaborar con los demócratas en contra de los verdaderos valores y objetivos republicanos].

Aunque muy poca gente, excepto David French, trataría de argumentar que él -el hombre que llamó a las horas del cuento drag queen [Drag Queen Story Hours] «bendiciones de la libertad» y que, recientemente, trató de promover un «caso conservador» para enseñar a los niños de las escuelas públicas que son racistas- sabe lo que es un buen modelo para casi todo, tocó un nervio entre sus confederados, ya que una serie de conservadores reales y mucho más populares -incluyendo a Rod Dreher, Patrick Deneen, Tucker Carlson y Dennis Prager, entre otros- sí que han visitado Hungría, una democracia parlamentaria europea, estado miembro de la UE y aliado de la OTAN, gobernada desde 2010 por el primer ministro Viktor Orbán, del partido de centro-derecha Fidesz.

 

En un extenso artículo, el análisis publicado por French intenta demostrar, con datos muy selectivos, que Hungría -que ha tenido un crecimiento anual del PIB de casi el 5% en cada uno de los seis años anteriores a la pandemia, ha aumentado su ciudadanía en cerca de un millón de personas desde que Orbán asumió el cargo y ha experimentado uno de los mayores florecimientos de la vida cultural e intelectual del mundo en la última década- es en realidad un páramo miserable, lleno de horror e hipocresía, en el que ninguna persona respetable querría estar.

 

No hay indicios de que David French haya visitado alguna vez Hungría, pero la idea de que figuras destacadas de un movimiento político estadounidense en el que ya no ejerce ningún tipo de influencia o tiene credibilidad sientan afinidad por ese país es algo que, claramente, le enfada y le asusta.

 

Para no ser menos, la colaboradora de The Atlantic y antigua neoconservadora Anne Applebaum se sintió tan ofendida por la visita que Carlson ha realizado durante una semana a Budapest, y que culminó con una entrevista televisada junto a Orbán, que no pudo evitar atribuir su interés a nada menos que al perverso deseo de un «nihilista» de mostrar «cuánto desprecia a Estados Unidos, su Constitución y su patrimonio… [a fin de] molestar a los estadounidenses y a todos los que creen en los ideales de Estados Unidos» y «hacer que la gente se enfade».

 

Podemos detenernos aquí para señalar que el anterior artículo de Applebaum en The Atlantic ofrecía un argumento aparentemente serio según el cual el director general de MyPillow, Mike Lindell, «realmente podría destruir la democracia», por lo que su histeria paranoica podría no estar dirigida de manera específica a Tucker o a los húngaros.

 

El exalumno de la administración de George W. Bush, David Frum, publicó heroicamente en Twitter que los estadounidenses que admiran a Orbán realmente admiran «el saqueo de lo público en beneficio de unos pocos cómplices; la supresión de los medios de comunicación que informan del saqueo; el racismo y la religión reaccionaria como cobertura para los crédulos y/o hipócritas».

 

Uno podría preguntarse qué opina sobre el portátil y los cuadros de Hunter Biden; pero además de que tales elucubraciones están prohibidas en su actual trabajo en MSNBC, podrían verse superadas por un post posterior en el que Frum afirma, basándose en una visita que hizo a Hungría en 2016, que la gente que conoció allí temía por sus puestos de trabajo si expresaban las opiniones políticas equivocadas. Para un hombre de tal sensibilidad, probablemente sea bueno que no tenga un empleo gubernamental, corporativo, sin ánimo de lucro o académico en Estados Unidos, donde las encuestas indican que casi la mitad de la población empleada en el sector administrativo realmente siente ese temor.

 

El ocasional y neoconservador compañero de viaje Matthew Yglesias también se ha pronunciado sobre el tema, declarando sentenciosamente que «el nacionalismo húngaro no es la respuesta» y sugiriendo ominosamente que los «reaccionarios» estadounidenses son tan retorcidos y cínicos que se han «vuelto contra su propio país» y «podrían querer importar métodos dictatoriales a Estados Unidos». Yglesias admite tener poco conocimiento de todo lo malo que la gente dice que puede estar ocurriendo en Hungría, pero aun así se mete obedientemente en la conversación para decir por qué cree que la democracia progresista estadounidense es mejor que el conservadurismo húngaro.

 

A primera vista, la ira de los Vichycons es desconcertante. Al igual que denunciaron airadamente al gobierno de Orbán, también denigraron a Hungría como un país atrasado, de «segunda categoría» y «de mala muerte», como lo llamó Yglesias, con una población de poco menos de diez millones de habitantes; un país sin salida al mar y que vive a la sombra de la desvaída grandeza imperial de los Habsburgo. Hace tiempo que los Vichycons han renunciado al pragmatismo político, pero suponiendo que por un momento pudieran reunir un mínimo atisbo de pensamiento estratégico, ¿no sería para los conservadores estadounidenses enjundiosos un desarrollo positivo la posibilidad de un éxodo físico, o incluso solo espiritual, a Budapest, mermando así, como lo haría, las filas de sus principales oponentes en los medios de comunicación actuales?

 

Esta paradoja plantea una pregunta a la que nadie ha respondido todavía, aunque el columnista conservador del New York Times Ross Douthat casi lo hizo en un artículo de opinión reflexivo, aunque no concluyente, sobre el tema. Si Hungría es, de hecho, tan pequeña e insignificante, ¿por qué sus desorientados colegas están tan preocupados? ¿No sería mejor simplemente ignorar o descartar el compromiso de la derecha con ese país como una fantasía, al igual que la derecha estadounidense consideró durante mucho tiempo el interés de la izquierda por las socialdemocracias escandinavas, igualmente pequeñas y discutiblemente insignificantes, como una distracción tan caprichosa que apenas merecía ser discutida?

 

En su lugar, los Vichycons escriben con una confusa mezcla de miedo y furia, como si los militantes cuasi nazis de la Cruz Flechada de la época de la Segunda Guerra Mundial estuvieran desplegados en la llanura panónica entrenando a agentes estadounidenses al servicio de una especie de Internacional Fascista, a fin de convertirlos en saboteadores de un orden mundial neoliberal tan evidentemente bueno y maravilloso que cualquiera que esté mínimamente en desacuerdo con alguno de sus principios debe ser una especie de subversivo peligroso.

 

Para que este reflejo de los perniciosos esfuerzos de propaganda soviética no sonara como una exageración, no es una coincidencia que Frum comparara aparatosamente a los miembros de la derecha estadounidense que han visitado recientemente Hungría -un aliado democrático durante más de dos décadas- con «los intelectuales occidentales que visitaron y se entusiasmaron con la URSS de Stalin, la República Popular China de Mao o la Cuba de Castro».

 

Al mismo tiempo, Applebaum regañaba a su público de The Atlantic, formado por madres alcohólicas funcionales, con una comparación igualmente acusadora y señalaba con el dedo a «esos intelectuales y periodistas que, asqueados por el capitalismo y la política democrática, creyeron las mentiras de la Unión Soviética sobre su prosperidad». «Los visitantes de Orban», les canturreaba a las que aún seguían despiertas después de llegar al final de su artículo en la cama con otra botella de vino Sancerre, «sirven para el mismo fin que los de Stalin».

 

Ahí está la respuesta. Los Vichycons son muy conscientes de que su estatus es el producto contingente de un compromiso faustiano: mientras concedan la incuestionable hegemonía social, cultural e ideológica a la izquierda progresista, sus puestos de trabajo, sus carreras, su pertenencia a los consejos de administración, sus cuentas de gastos y su vida social en los Estados gobernados por los Demócratas estarán a salvo. Al igual que los partidarios del régimen de Vichy, incluso disfrutan de cierto espacio para disentir en las cuestiones políticas que les importan, siempre que acepten el papel principal del partido dominante en el nuevo orden imperante y pierdan amablemente si se les pide que lo hagan.

 

A diferencia de los conservadores que se resisten, nunca serán acosados en casa o en público; no se divulgará su información privada, ni serán objeto de los ataques de las redes sociales o de los artículos de opinión de los medios de comunicación dominantes, ni pondrán en peligro su sustento; todo ello sin tener que indicar sus pronombres en sus perfiles de Twitter, ni someterse a ninguna de las otras pruebas de fuego humillantes que los intelectuales izquierdistas tienen que sufrir para ascender en el escalafón. Utilizando una paradoja que no todos los Vichycons pueden entender, se parecen mucho a ese pequeño grupúsculo de intelectuales no comunistas que sobrevivieron en Centroeuropa durante la Guerra Fría, capaces de ejercer sus profesiones en medio de un grupo más amplio nominalmente hostil siempre y cuando repitan los eslóganes de moda a favor del «progreso social», la «paz mundial» o cualquier otro mantra necesario para ser considerado «uno de los buenos».

 

Tal vez lo peor de todo para los Vichycons es que deben aceptar la realidad de que el nacionalismo populista -centrado en el patriotismo, las políticas económicas a favor del crecimiento, los valores sociales y culturales tradicionales y el orgullo nacional, al que deben odiar para sobrevivir- no fue una mera casualidad de la política estadounidense en 2016, sino una tendencia internacional más amplia que no pudieron prever ni combatir con éxito.

 

Con un mayor apoyo republicano a Trump ante las inminentes elecciones de 2022 a mitad de la legislatura, la probable y casi total eliminación de los republicanos anti-Trump de la política nacional en los próximos meses, y una verdadera contienda por la presidencia en 2024 en el horizonte, la idea de que podrían estar tan equivocados sobre Estados Unidos como lo han estado sobre Hungría no puede más que causarles terror ante la perspectiva de ser aún menos relevantes para la derecha y más vulnerables a la izquierda de lo que ya son. Y con el poderoso ejemplo de Orbán floreciendo en el Danubio Azul, son claramente conscientes de que «puede pasar aquí».

 

Paul du Quenoy es presidente del Palm Beach Freedom Institute. Es doctor en historia por la Universidad de Georgetown.

 

 

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