Domingo, 19 Septiembre 2021 14:44

Una nueva mirada a la confesión, sacramento de la alegría

Al centro del perdón está Dios que nos abraza, no la lista de pecados y nuestra humillación.

Andrea Tornielli

La confesión es un "sacramento de la alegría", incluso una "fiesta", en el cielo y en la tierra. El martes 14 de septiembre, en el estadio de Kosice, fue como si el Papa Francisco mirara a los ojos de cada uno de los jóvenes que habían venido a recibirle para invitarlos a vivir el sacramento de la penitencia de una manera nueva.

 

Y lo que el Sucesor de Pedro les dijo fue un consuelo no solo para los presentes, sino para todos los que siguieron el encuentro por televisión o por la web, o incluso simplemente leyeron el discurso papal. Lo que ha cambiado no es el sacramento, poco recurrido hoy en día. Lo que Francisco propuso fue una visión completamente diferente de la confesión en comparación con la experiencia vivida por tantos cristianos y bajo cierto legado dejado por la historia.

 

En primer lugar, el Papa advirtió que en el sacramento está "el remedio" para los momentos de la vida en que "estamos decaídos". Y a Petra, una joven que le preguntó cómo podían sus contemporáneos "superar los obstáculos en el camino hacia la misericordia de Dios", le respondió con otra interrogación: "Si te pregunto: ¿en qué piensas cuando te confiesas? Estoy casi seguro de la respuesta: en los pecados. Pero, ¿son los pecados realmente el centro de la confesión? ¿Quiere Dios que te acerques a Él pensando en ti, en tus pecados, o en Él?".

 

El camino cristiano, había dicho Francisco dos días antes en Budapest, comienza con un paso atrás, con apartarse del centro de la vida para dejar espacio a Dios. Este mismo criterio, esta misma perspectiva aplicada a la confesión puede provocar una pequeña-gran revolución copernicana en la vida de cada uno: en el centro del sacramento de la penitencia ya no estoy yo, humillado con una lista de pecados -quizá siempre los mismos- que hay que contar con dificultad al sacerdote. En el centro está el encuentro con Dios que acoge, abraza, perdona y levanta.

 

"No se acude a la confesión -explicó el Papa a los jóvenes- como personas castigadas que tienen que humillarse, sino como niños que corren a recibir el abrazo del Padre. Y el Padre nos levanta en cada situación, perdona cada pecado. Escuchen bien esto: ¡Dios siempre perdona! ¿Han comprendido? Dios perdona siempre ". No se va a un juez para ajustar cuentas, sino "a Jesús que me ama y me sana".

 

Francisco aconsejó a los sacerdotes "sentirse" en el lugar de Dios: "Que se sientan en el lugar de Dios Padre que siempre perdona y abraza y acoge. Demos a Dios el primer lugar en la confesión. Si Dios, si Él es el protagonista, todo se vuelve hermoso y confesar se convierte en el Sacramento de la alegría. Sí, de la alegría: no del miedo y del juicio, sino de la alegría".

 

La nueva mirada al sacramento de la penitencia que propone el Papa nos pide, por tanto, que no permanezcamos presos de la vergüenza por nuestros pecados -vergüenza que "es algo bueno"-, sino que la superemos porque "Dios nunca se avergüenza de ti. Él te ama justo ahí, donde te avergüenzas de ti mismo. Y te ama siempre”. A los que todavía no pueden perdonarse creyendo que ni siquiera Dios puede hacerlo "porque siempre caeré en los mismos pecados", Francisco les dice: "Dios ¿cuándo se ofende? ¿cuándo vas a pedirle perdón? No, nunca.

 

Dios sufre cuando pensamos que no puede perdonarnos, porque es como decirle: ‘Eres débil en el amor’... En cambio, Dios se alegra de perdonarnos, cada vez. Cuando nos levanta cree en nosotros como la primera vez, no se desanima. Somos nosotros los que nos desanimamos, no Él. No ve pecadores a los que etiquetar, sino hijos a los que amar. No ve personas equivocadas, sino hijos amados, tal vez heridos, y entonces tiene aún más compasión y ternura. Y cada vez que nos confesamos -no lo olviden nunca- hay fiesta en el Cielo. ¡Que sea lo mismo en la tierra!”.

 

De la vergüenza a la fiesta, de la humillación a la alegría. No es el Papa Francisco, sino el Evangelio, donde leemos acerca de aquel padre que espera ansioso a su hijo pecador, mirando continuamente el horizonte, e incluso antes de que tenga tiempo de humillarse, detallando todas sus faltas, lo abraza, lo levanta y hace fiesta con él y por él.

 

 

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