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Miércoles, 29 Septiembre 2021 09:04

Mons. González Chaves reflexiona en el Año de San José sobre su grandeza y su santidad singular

Mons. Alberto José González Chaves

Galardón Alter Christus Atención al Clero y a la Vida Consagrada

Nació en Badajoz en 1970 y fue ordenado sacerdote en Toledo en 1995 por el Cardenal Marcelo González Martín. Su primer destino pastoral fueron las parroquias de Peñalsordo y Capilla, en la provincia de Badajoz, pero pertenecientes a la archidiócesis de Toledo. De 2006 a 2014 ha trabajado en la Congregación para los Obispos, en la Santa Sede. En 2008 se doctoró en Teología Espiritual en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, de Roma, con una tesis sobre “Santa Maravillas de Jesús, naturalidad en lo sobrenatural". Posee un Master en Bioética. En 2011 Benedicto XVI le nombró Capellán de Su Santidad. Desde 2015 es Delegado para la Vida consagrada en Córdoba. Dirige Ejercicios Espirituales y y dicta conferencias y cursillos en España e Hispanoamerica. Es autor de artículos y libros de Espiritualidad y Liturgia, y d3 numerosas hagiografías como las del Venerable Cardenal Rafael Merry del Val, San José Maria Rubio, el Beato Marcelo Spínola, Santa Maravillas de Jesús, Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, Santa Génova Torres, San Juan Pablo II, el Beato Tiburcio Arnaiz… Su última obra es la biografía del más reciente Doctor de la Iglesia y Patrono del clero secular español, San Juan de Ávila.

 

En esta ocasión, con motivo del Año de San José, reflexiona para InfoCatólica sobre la grandeza de su figura y su santidad singular.

 

San José es un gran santo, y no sólo por ser el esposo de la Virgen, que es muchísimo, sino que tiene en cierta manera entidad propia. ¿Por qué?

Permítame comenzar respondiendo aparentemente en sentido contrario a la formulación de su pregunta. Si efectivamente San José es, no sólo un gran santo, sino el más grande de todos los santos, lo es precisamente por ser esposo de María y no se podría decir que su santidad tiene entidad propia, como no puede predicarse esto de ningún santo, ni siquiera de la Santísima Virgen. En el prólogo a su Evangelio dice San Juan Evangelista del Bautista: “No era él la luz, sino testigo de la luz”. Otro tanto podríamos decir de San José, aunque (interpreto que este es el sentido de su pregunta) su santidad es totalmente personal, libre y voluntaria. El Evangelio le llama sencillamente vir justus, varón justo. La misión o predestinación de San José, postulaba, como la de María, una santidad singular. Apoyado en toda la Tradición desde los más antiguos Padres de la Iglesia, escribe el Padre Garrigou-Lagrange que desde la infancia Dios concedió a José todas las gracias: piedad, virginidad, prudencia, fidelidad… San Jerónimo enseña en una homilía sobre el Evangelio de San Lucas que San José es llamado justo por la posesión perfecta de todas las virtudes. Algo muy parecido subraya San Juan Crisóstomo.

 

Por tanto, ¿por qué la santidad de José es singular?

Siguiendo en esto, como en tantas cuestiones josefinas, al Padre dominico Marceliano Llamera en su obra “Teología de San José”, aduciremos cuatro motivos: 1. Su matrimonio con María. 2. Su paternidad terrena sobre Jesús. 3. Su inclusión en la unión hipostática 4. Su cooperación a la redención del género humano.

 

Como esposo de María, San José condivide con ella la misma condición y por tanto tiene igual dignidad, gracia y santidad, salvando, naturalmente, la distancia con la maternidad divina, que es exclusiva de María. Como su esposo, José comparte con Ella, no sólo la dignidad y, proporcionalmente, la gracia, sino también el amor mutuo y la comunicación de los bienes, derivada de todo matrimonio, que en el caso del de José y María fue máxima, por la plenitud de la gracia. Predica San Bernardino en su Sermón primero sobre San José que, pues que María fue gratia plena, del tesoro de su Corazón ofrendó a José cuanto él podía recibir y, en este sentido, Ella no sólo deseó, sino que impetró para José la participación en su plenitud de la gracia. “Si la bienaventurada Virgen - dice el santo de Siena - impetra tanto para los pecadores enemigos de su Hijo, ¿cuántas mercedes no conseguiría para este tan amoroso, solícito y filial nutricio, esposo de su pudor y de su amor castísimo? También, como sucede en todo matrimonio cabal, compartió José con María la más completa semejanza de costumbres. San Pedro Damián llega a decir que José fue hecho a semejanza de la Virgen su esposa: de ahí su eximia santidad.

 

La segunda causa que postula una santidad singular en José es su paternidad legal sobre Cristo, a Quien amaba como a su Dios y como a su hijo y de Quien era amado con verdadero amor filial y, al decir de los teólogos, causativo de la gracia. En el sermón ya citado dice San Bernardino que San José alcanzó gran perfección y santidad muy alta porque en su trato con Cristo guardó tres cosas: pureza reverencial, radiante fidelidad y caridad ardentísima. “¿Quién negará - se pregunta - que teniendo a Cristo en sus brazos y, con su mirada y su conversación filial, Jesús imprimiría en su corazón el gozo inefable de la paternidad?”

 

El tercer capítulo que exige del glorioso Patriarca una santidad altísima es su pertenencia al orden hipostático. Después de María, José ha sido la criatura humana más unida a la Humanidad del Verbo, quien más se ha acercado al principio y fuente de toda gracia y quien después de María ha sido más amado por Jesús. Santo Tomás de Aquino relaciona la mayor proximidad a Cristo al mayor conocimiento de los misterios de la fe. Por tanto, cuanto José más se aproximó a Cristo, principio de la gracia, tanto mejor participó de la plenitud de la santidad.

 

El cuarto título de su excelentísima santidad es su cooperación, absolutamente intransferible, a la redención del género humano. Bien entendido que Jesucristo es el único Mediador, nos gusta llamar a San José “corredentor”, como, en el surco de la Tradición, hacemos con María. Porque él está ordenado en los planes de Dios a los mismos fines de la Maternidad divina y de la Encarnación del Verbo, para la salvación del género humano. Por eso, el mismo decreto trinitario que asocia a San José a la Encarnación del Verbo, incluye su incorporación a la obra redentora de Jesucristo. Y si Dios concede a los hombres Su gracia y Su santidad según la dignidad de la misión a que les destina, es evidente que el esposo de María Corredentora y padre singular del único Redentor, en cuanto “corredentor” también él, tuvo que estar poseer una santidad eminente.

 

Además, esta santidad de José nunca dejó de crecer. Enseña el Concilio tridentino (sesión VI, canon 24) que la justicia recibida no sólo se conserva, sino que se aumenta ante Dios por las buenas obras, las cuales no son sólo fruto y señal de la justificación sino también causa de su aumento. La gracia puede crecer de modo intensivo: entitativamente; y extensivo: produciendo nuevos efectos. Según Santo Tomás de Aquino, tales aumentos se verifican por cualquier acto meritorio. Así también, la caridad en esta vida puede aumentar sin limitación. Según el insigne dominico y gran tomista, Padre Garrigou-Lagrange, los maravillosos progresos de la gracia de San José escapan a nuestra comprensión: “Apenas podemos vislumbrar qué admirables progresos en la fe, santidad y amor se efectuaron en el alma de José. Tanto más se ocultó el carpintero en la tierra cuanto es más glorificado en los cielos”. Si desde su primera infancia todos y cada uno de los actos de caridad de José fueron intensísimos, y todas y cada una de sus obras de virtud aumentaban en gracia, hay que concluir que él crecía constantemente en santidad, obrando siempre con toda la fuerza de la gracia habitual que Dios le daba, sin oponer él ningún impedimento de pasiones, defectos, negligencias o distracciones. Del mismo modo estuvo lleno de los dones del Espíritu Santo por los que se movía con prontitud bajo la inspiración de Dios en la ejecución de todas sus obras.

 

La razón de este imparable crecimiento en santidad era la presencia y familiaridad continua con Jesús y María, por los que tenía un conocimiento abismal del misterio de la Encarnación y un constante y perfecto ejemplo de todas las virtudes. Escribe San Bernardino de Siena: “Si nosotros, miserables, aprovechamos tanto de la convivencia con los santos, que respecto a la Virgen nada son, ¡cuánto ha de estimarse que aprovecharía José con la presencia y trato de la Santísima Virgen!”

 

También es opinión teológica que es muy probable que San José esté ya en cuerpo y alma en el Cielo, al igual que la Santísima Virgen.

Ciertamente, la “asunción de San José a los cielos” se cree piadosamente entre los devotos josefinos, que es tanto como decir entre los buenos católicos, insertos en el surco de una fe y tradicional, sencilla y por eso muy profunda, heredada de sus mayores. En realidad habría que hablar más propiamente de la resurrección de San José, para lo cual primero tenemos que pensar en su muerte. ¿Abandonó esta vida, como quiere San Epifanio, poco después de haber cumplido Cristo los 12 años? ¿Dejó José este mundo, como afirman otros, durante la predicación del Salvador? ¿Siguió a Cristo como uno de sus discípulos, como pretenden otros? ¿Llegó a sobrevivir a Cristo y sufrió al ser pospuesto a San Juan, cuando el Redentor le encomendó en la cruz el cuidado de su Madre, como defendieron algunos de modo peregrino? Es razonable que si José hubiese vivido durante la Pasión del Señor, habría estado al pie de la cruz y Jesús no habría tenido la necesidad de encomendar a su Madre a ningún otro. O por fin, como parece la opinión más acertada, ¿se durmió en el Señor antes de empezar Cristo su vida pública? Sabemos con toda seguridad que José vivía cuando Jesús, a sus 12 años, se quedó en el Templo de Jerusalén. Pero su figura es silenciada en las bodas de Caná y en el ministerio de Cristo, cuando avisan al Salvador de que su Madre y sus hermanos están fuera y Le buscan (Mt 12, 47). Acerca de la muerte del Patriarca nazareno escribe San Bernardino: se ha de creer piadosamente que en su tránsito tuvo presentes a Jesús y a María. ¡Cuántas exhortaciones promesas, consuelos, iluminaciones, inflamaciones y revelaciones de los bienes eternos recibiría en la hora de su muerte de su esposa Santísima y del dulcísimo Hijo de Dios, Jesús!” Por tanto si, como parece lo mas lógico, José murió antes de la Pasión de Cristo, debió descender con los demás justos del Antiguo Testamento al seno de Abrahám, “el limbo de los justos”. Y sólo después de la resurrección de Cristo habría venido su plena glorificación, de la que escribe el canciller Juan Gerson: “Cuánto ha de ser estimado el justo José en la gloria y los cielos, si fue hallado tal y tan grande en la miseria y en la tierra. Si, según Cristo, ‘donde Yo estoy, ahí también estará mi siervo’, sin duda, estará más próximo a Jesús en los cielos quien en su ministerio haya sido más cercano, sumiso y fiel a Jesús, después de María, en la tierra". La gloria esencial consiste en la visión facial de Dios. Ese premio a nuestras buenas obras guarda proporción con el mérito, y éste radica en la caridad. Así, según sea el grado de gracia y de caridad al dejar este mundo (o sea, el grado de santidad), así será la gloria con que seremos eternamente bienaventurados en el Cielo. Si la santidad de José es la mayor después de la de la Virgen, también su gloria es, después de la de María, la mayor de todos los santos del Cielo.

 

Esto se refiere a la gloria esencial, pero, la pregunta que tratamos de responder versa sobre la gloria accidental de San José, o sea, la gloria de su cuerpo. En realidad la cuestión es la siguiente: ¿la asunción de San José al Cielo en cuerpo y alma sería un privilegio cuya conveniencia se deduce de su misión de esposo de María y padre virginal de Cristo? ¿Es una conveniencia análoga a la de la asunción de la Santísima Virgen María, cuya dignidad de Madre de Dios pide que Ella sea glorificada por su Hijo también en su cuerpo? Recordemos que según San Mateo, en la muerte de Cristo, “se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron, y saliendo de sus sepulcros después de la resurrección de Cristo vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos” (Mt 27, 52-53). Pero, si habla el primer evangelista de una resurrección verdadera y real y si aquellos santos que resucitaron no murieron más y siguieron a Jesús a la gloria, ¿estuvo San Jose entre aquellos resucitados? Que aquella a la que alude Mateo fue una verdadera resurrección lo afirman multitud de Padres de la Iglesia y de exegetas: Clemente Alejandrino, Orígenes, Eusebio, Agustín, Jerónimo, Crisóstomo, Epifanio, Gregorio Magno, Teodoreto, Beda el Venerable, Maldonado, Cornelio a Lapide, Calmet, Lagrange, etc. Pero divergen estos teólogos sobre si aquellos resucitados fueron llevados con Cristo al Cielo o volvieron a morir. De la primera opinión son Ignacio de Antioquía, Clemente Alejandrino, Eusebio, Ambrosio, Jerónimo, Epifanio, Beda, Cayetano, Soto, Suarez, Maldonado, Cornelio a Lapide, etc. También Santo Tomás en sus escritos de juventud, como el Libro IV de las Sentencias y el Comentario a San Mateo. Opinan que aquellos resucitados murieron de nuevo San Agustin, San Juan Crisóstomo, Teodoreto, San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino ya en la Summa Teológica, adhiriéndose a San Agustín. Según esta opinión, la mayoría de autores posteriores proponen como más cierto según el relato evangélico y los méritos del Santo Patriarca, que él está entre los que subieron con Cristo a la gloria. Desde Gerson a San Bernardino de Siena, esta sentencia es mantenida casi unánimemente por todos los escritores josefinos. En cabeza de los cuales está, con su incomparable obra “Suma de los dones de San José”, el dominico Isidoro de Isolano. También lo defienden San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio.

 

Sin embargo de todo lo expuesto, hay que afirmar que no tenemos apoyo alguno explícito ni de la Sagrada Escritura ni de los Santos Padres, por lo cual, como mucho puede insinuarse la conveniencia de que el Santo Patriarca resucitara, aunque aquellos otros a los que alude el evangelio no resucitasen verdaderamente. Las razones para insinuar esto son la dignidad especialísima de San José, el amor con que Jesús y María “exigían” su participación de José en la resurrección de Ellos, la afinidad física de José con el Redentor y con su Madre y su contacto íntimo con la Humanidad de Cristo, que parece exigir que tampoco él participase de la corrupción del sepulcro. En suma, parece razonable que la Sagrada Familia, que había iniciado la nueva vida divina del género humano antes que ningún otro cristiano, iniciase también conjuntamente la vida gloriosa y resucitada con anterioridad a todos los demás. No pareciera muy lógico que, resucitados Jesús y María, aun esté sin resucitar el padre virginal del primero y el esposo santísimo de la segunda.

 

Incluso, aunque tampoco está definido, que pudo ser igualmente preservado de la culpa original, pues así convenía para el esposo de la Virgen y padre del mismo Dios.

De modo análogo a la posibilidad de la resurrección y asunción de San José, desde el siglo XV los escritores josefinos se vienen preguntando por otros privilegios del Santo Patriarca, como la de su inmaculada concepción, su santificación en el seno materno o la extinción de la concupiscencia o fomes peccati. Fundamentalmente hay tres opiniones acerca del momento en que José fue santificado. Unos afirman que fue concebido, como María, sin pecado original. Otros sostienen que, como Juan Bautista, fue santificado en el vientre de su madre. Otros, en fin, creen que, igual que los demás israelitas, sería santificado en el momento de la circuncisión. Ya el cardenal Lambertini, después papa Benedicto XIV, nota que la primera opinión, o sea, la concepción inmaculada de San José, no es nombrada siquiera por los Santos Padres y autores antiguos, puesto que carece de sólido fundamento en teología; tanto, que no han faltado algunos autores muy ortodoxos que la han calificado de sospechosa de herejía. Porque la Inmaculada Concepción de María es en Ella un privilegio exclusivo.

 

Mas bien se aboga por la santificación de José en el seno de su madre, sentencia que tiene a su favor a Gerson, Isidoro de Isolano, Bernardino de Bustos, San Alfonso María de Ligorio, Juan de Cartagena y otros muchos. Santo Tomas de Aquino no lo enseña, aunque tampoco lo niega explícitamente, como hacen por ejemplo Cayetano, Suarez, los cardenales Lambertini y Gotti, Lepicier, etc. No admitida la santificación milagrosa de José en el seno materno, él recibiría la primera gracia en el rito de la circuncisión, con la cual los hijos de Israel quedaban libres del pecado original. Según enseña Santo Tomas (STh III,q. 70, art. 1-4), la circuncisión confería la gracia en cuanto signo de fe en la Pasión futura de Cristo. Respecto al fomes peccati, fue totalmente extinguido en San José. Si el desorden de la concupiscencia es una secuela del pecado original y José no había quedado exento de él, debería heredar esa propensión a los movimientos desordenados. Lo que defienden muchos autores es la conveniencia de que en San José nunca pasase la concupiscencia a su acto segundo, o sea, que estuviese ligada en él. Así se comprende mejor lo que hemos tratado en la primera pregunta, la plenitud de gracia de José después de la Virgen María, lo que es tanto como decir su confirmación en la gracia, efecto de su unión transformante con Dios, grado supremo de perfección al que puede llegar el alma en esta vida, llamado también matrimonio espiritual, descrito admirablemente por Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

 

Se habla de la Santísima Virgen como omnipotencia suplicante, pero igualmente el poder intercesor de San José es muy grande. Santa Teresa afirmaba no recordar nada que hubiese pedido al Santo Patriarca que él no lo hubiese concedido. ¿Podría nombrar a otros santos y papas convencidos del gran poder intercesor de San José?

La intercesión de los santos, su oración constante ante el trono de la Trinidad por nosotros, es un dogma, una verdad de fe definida por el Tridentino, que la subraya con tres afirmaciones. Primera, que los santos que reinan con Cristo ofrecen a Dios sus oraciones por nosotros, los hombres viadores de la tierra. Segunda, que es muy provechoso invocarles en común, como hacemos, por ejemplo en la Santa Misa, y particularizadamente, como hace también la Misa cuando en el Canon romano enumera a los apóstoles y a los santos más salientes de los primeros tiempos de la Iglesia; o en el día de la fiesta de cada santo, o en el rezo diario de la Hora de Prima, con su hermoso Martirologio. Tercero, que esta intercesión de los santos en nada se opone a la mediación suprema y universal de Cristo, único Salvador y Mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2, 5), ni la disminuye. Esta oración de los santos por nosotros ha sido querida por Dios, no porque haya alguna deficiencia en Él, sino precisamente por Su infinita bondad, como razona bellamente Santo Tomás de Aquino. Ya que las cosas han de dirigirse a Dios por los medios más aptos y próximos a Él, y estando los santos en la Patria más cerca de Dios, la ordenación de la Ley divina requiere que nosotros, mientras vivimos en el cuerpo peregrinando hacia Dios lleguemos a Él por mediación de los santos (STh, Supp., q. 72, art. 2). A nivel psicológico y afectivo, hay una razón conmovedora: como en la Patria celeste los santos conocen nuestras oraciones, son “felices” y “disfrutan” atendiéndolas y socorriéndolas. Por eso, continúa el Aquinate: “Como cada bienaventurado ve en la esencia divina lo que requiere la perfección de su bienaventuranza, los santos desean conocer las cosas que les pertenecen y conviene que las conozcan en el Verbo. Así pues, pertenece a la gloria de los bienaventurados prestarnos ayuda a nosotros: así se constituyen ellos en cooperadores de Dios”.Y sigue explicando que los santos ruegan por nosotros dos modos: con oración expresa, cuando conmueven con sus votos los oídos de la divina Clemencia en nuestro favor; y con oración interpretativa, mediante los méritos que no sólo les alcanzan gloria a ellos en presencia de Dios, sino que se traducen en sufragios y oraciones por nosotros, así como la Sangre de Cristo derramada por nosotros nos impetra constantemente el perdón de nuestras culpas. Por parte de los bienaventurados la oración es siempre eficaz; si falla algunas veces es por nuestra culpa. Los santos en el cielo impetran lo que Dios quiere realizar por su oración y lo piden porque estiman que sus oraciones han de ser cumplidas según la voluntad de Dios. “Cuando ellos piden algo para nosotros con una oración no sólo interpretativa sino expresa, siempre son escuchados porque no piden sino lo que Dios quiere que pidan y lo que ha de realizarse según la divina voluntad” (STh, II-II, q. 83, art. 11 ad 2).

 

Ahora bien, ¿de qué depende la mayor o menor eficacia y poder de la oración de los santos por nosotros? ¿Valen lo mismo antes Dios las oraciones de todos los bienaventurados? ¿O el ser atendidos en nuestras súplicas depende de nuestra devoción? Con su claridad diáfana señala el Doctor Angélico dos principios que aclaran esta cuestión. Primero: la eficacia de la oración de los santos del cielo en nuestro favor depende de la perfección de su caridad y de la mayor unión que tienen con Dios en la gloria. O sea: los santos que tienen más caridad desean más nuestro bien y ruegan más por nosotros y, como están más unidos a Dios, sus oraciones son más potentes, así como el sol ilumina y calienta más que otros astros porque tiene más luz y más calor y está más cerca de nosotros (STh, II-II, q.83, art. 11). Segundo: la eficacia y oración de los santos no depende sólo de sus méritos y de su gloria esencial, sino también de los méritos accidentales adquiridos mientras vivieron. Por eso en ciertas circunstancias conviene acudir a algunos santos aunque parezcan menores, porque en virtud de algunos episodios de su vida Dios les ha concedido ser abogados principales en algunas causas especiales.

 

Según estos dos principios tomistas, queda claras la eficacia y la universalidad de la intercesión de San José. Considerando el grado de gracia y de gloria del Santo Patriarca y los méritos especiales que adquirió en esta vida en virtud de su misión especial cerca de María y de Jesús, se concluye que, salvo el de la Santísima Virgen, su Patrocinio es el más excelente y poderoso de todos, y también el más universal, como gustaba de certificar Santa Teresa diciendo que a otros santos Dios les ha dado gracia para alguna necesidad pero San José socorre en todas, espirituales y temporales, y a todas las personas de cualquier estado y condición. De modo especial el Patrocinio del Bendito Patriarca se extiende a la Iglesia universal, por declaración del Beato Pío IX en 1870. San José vela también muy especialmente sobre las almas que deben por su estado aspirar a la perfección con más intensidad, como sacerdotes y religiosos; y sobre los padres y las familias cristianas; sobre los trabajadores, las vocaciones, los moribundos, etc.

 

Con particular intensidad exhortó a encomendarse a San José como cabeza de la Sagrada Familia el Papa Leon XIII en sus Letras apostólicas Neminem fugit en las que se lee: “El designio de la divina Providencia constituyó a aquella Familia para que cada cristiano de cualquier condición y lugar, si a ella eleva su alma, fácilmente pueda encontrar motivo e invitación para cumplir cualquier virtud”. Y en su Encíclica Quamquam Pluries: “Todos, de cualquier condición y lugar que sean, se encomienden y se entreguen al patrocinio y tutela del bienaventurado José. Tienen en José los padres de familia la más excelente norma de vigilancia y providencia paterna…” Y sigue subrayando el especial patrocinio de San José sobre los casados, los hijos, los nobles ricos, los obreros y pobres, las vírgenes, etc.

 

Poco después de proclamar a San José Patrono universal de la Iglesia Católica el 8 de Diciembre de 1870 con el decreto Quemadmodum Deus de la Sagrada Congregación de Ritos, el Beato Pío IX, el 7 de Julio de 1871 en el Breve Inclytum Patriarcham, razonaba el motivo de la declaración del patrocinio josefino en aquellos “tristísimos tiempos, cuando la misma Iglesia, perseguida en todas partes por sus enemigos, es oprimida por tan grandes calamidades que los hombres impíos imaginan que las puertas del infierno prevalecerán contra ella”. Es difícil no reconocer un paralelo muy evidente con nuestro momento actual, en el que se ha intensificado la necesidad de invocar a San José por la razón que aducía el Beato Pio IX en la carta adjunta al decreto: “que la Iglesia, en la triste situación de estos tiempos, agitada por múltiples calamidades, pueda, sin embargo, por su Patrocinio servir segura a Dios con toda libertad una vez destruido todo error y adversidad”. Medio siglo más tarde, Benedicto XV en su Motu proprio del 25 de Julio de 1920 con ocasión del 50 aniversario de la proclamación del Patrocinio de San José insistía: “Nos, confiados grandemente en su patrocinio, a cuya vigilancia y providencia quiso Dios encomendar su Unigénito encarnado y la Virgen madre, ordenamos a todos los prelados del mundo católico que en tiempos tan necesitados para la Cristiandad exhorten a los fieles a invocar con diligencia a San José”.

 

Como vamos citando la autoridad de numerosos santos, valga ahora por todos los testimonios el de nuestra incomparable “Santa de la raza” en el capítulo 6 del Libro de su Vida: “Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía. Vi claro que de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este Padre y Señor mío me sacó con más bien que yo había pedido. No recuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado así de cuerpo como de alma, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar, así en el Cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad… Querría yo persuadir a todos, fuesen devotos de este glorioso santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios que no la vea más aprovechada en la virtud, porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara muy por menudo en decir muy por menudo las mercedes que me ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas… Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción”.

 

Si María roza el orden hipóstatico al ser la verdadera Madre de Dios, igualmente la paternidad de San José es algo trascendente, pues su función de padre nutricio era mucho más profunda que dispensarle de lo necesario.

La grandeza de San José estriba en su doble y única misión de esposo de María y padre nutricio o virginal de Jesús. Este segundo constituye el verdadero fundamento de la dignidad excelsa del Santo Patriarca y no puede separarse de su matrimonio con María, sino que depende de él. Cuando hablamos de paternidad inevitablemente pensamos en la generación. Santo Tomas de Aquino enseña (STh I, q. 27, a. 2) que las voces paternidad, maternidad y filiación son consecuencia de la generación. Y distingue (STh III, q. 32, a. 3) diferentes clases de paternidad y filiación, según los diversos grados de semejanza entre el engendrado y el generador o progenitor. Habla el Doctor Angélico de paternidad divina, paternidad natural y paternidad adquirida o adoptiva, ya sea humana o espiritual. La paternidad divina es exclusiva de Dios, a Quien conviene con puridad el nombre de Padre, pues que lo es plenamente respecto del Verbo. Ab aeterno Dios es Padre de su Hijo, y sólo el Verbo, Jesucristo, es estrictamente Hijo de Dios Padre, según esa eterna generación. Padre natural se llama al que da la vida material humana, y esta es la paternidad propia del hombre que engendra a otro de su propia sustancia creando así el vínculo físico que arranca de la procreación carnal y el vínculo moral o afecto espiritual que deriva de la anterior. Hablamos, en fin, de paternidad adoptiva o adquirida, por analogía con las precedentes, distinguiéndose una doble especie de adopción: la humana en el orden natural, y la divina en el sobrenatural. Por ésta segunda nos llamamos y somos hechos hijos de Dios por cierta generación espiritual (Cf. Ef 1, 5; Gal 4, 4-6; 1Cor 4, 15).

 

La Sagrada Escritura da expresamente a San José el título de padre de Jesús. Recordemos, en primer lugar, la Presentación en el Templo : “Al entrar sus padres con el Niño Jesús…” (Lc 2, 27). Más abajo, en el versículo 33: “Su padre y madre estaban admirados por lo que se decía del Niño”. En los versículos 41 al 43 se habla por tres veces de “sus padres”, en plural. Por fin, en el versículo 48 encontramos el testimonio de la misma Virgen Santísima diciendo al Niño hallado en el templo: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. En el capítulo siguiente de su Evangelio, Lucas dirá: “Al empezar Jesús su vida pública tenía treinta años y era, según se creía, (ut putabatur) hijo de José” (3, 23). Y también en Lucas (4, 22) se lee: “Todos, maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, decían: ¿no es este el hijo de José?” Así también Mateo (13, 55): “¿No es éste el hijo del carpintero?” Menos directamente, Marcos (6, 3): “¿No es éste el carpintero?” Y Juan (6, 42): “¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos?”. Es evidente la función de padre que ejerce José en la Sagrada Familia: a él encarga el ángel imponer al Niño el nombre de Jesús (Mt 1, 21), tomar al Niño y a su Madre y huir a Egipto (Mt 2, 13-14), y volver de allí (Mt 2, 19-21). Jesús obedece a José como su padre y está sumiso a él (Lc 2, 51).

 

Pero, ¿en qué sentido es José padre de Jesús? Sabemos bien que de ninguna manera puede hablarse de una paternidad natural, habiendo sido virginal la concepción del Verbo, y perpetua la virginidad de María. ¡Se trata de dos dogmas de fe!

 

De modo peregrino, algunos han hablado de “paternidad física sobrenatural” o de “paternidad natural incompleta”. Según una sana Teología católica, inserta en el surco del Magisterio y de la Tradición, hemos de evitar un maximalismo peligroso, por infundado. Sabemos por la fe, a través de la Escritura, que Cristo fue concebido en el seno de María por obra y gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón. En realidad la Encarnación es obra de toda la Santísima Trinidad, pero decimos que la Tercera Persona es causa eficiente de la concepción de Cristo “por apropiación”, pues al Paráclito se atribuyen especialmente las obras de amor, gracia y santidad. A pesar de lo cual no llamamos al Espíritu Santo “padre de Cristo”, pues no produjo la naturaleza humana de Cristo de su propia sustancia, sino que solamente ejerció su virtud para producirla. En nada disminuye la verdadera humanidad de Cristo el hecho de que Él haya sido concebido de modo distinto a todos los demás hombres, o sea, sin cooperación humana de varón alguno, pues, como explica Santo Tomás, siendo el poder de Dios infinito, todo efecto producido por cualquier causa puede proceder inmediatamente de Dios.

 

Es impropio hablar, sin matices, de una paternidad de San José, real, verdadera, propia y plena, en el sentido absoluto de las palabras. Por eso se ha venido recurriendo a otras denominaciones como las de padre legal, putativo, nutricio, adoptivo o virginal de Cristo. Incluso, padre vicario del Padre celestial. Pero también esta nomenclatura expresa sólo aspectos parciales de la paternidad del Santo. José es padre legal en cuanto que así aparecía ante la ley, social y públicamente, y en cuanto que lo era, tal como prescribía el Antiguo Testamento. Es padre putativo en el sentido de que los demás pensaban que era el padre de Cristo. Es padre nutricio porque, como un verdadero padre de la tierra, alimentó a Jesús, le estrechó entre sus brazos, y tuvo la mayor solicitud para que no faltasen el sustento y la protección al Niño y a su Madre. Y es padre adoptivo porque su paternidad respecto de Jesús tiene semejanza con la paternidad humana adoptiva, ya que no hay generación corporal y sin embargo existen oficios, deberes y derechos mutuos entre el padre y el hijo. Más bien podríamos decir que San José fue adoptado como padre por Jesús. Según Cornelio Alápide, San José fue más padre de Cristo que el padre adoptivo es padre del hijo adoptado. Y San Agustín afirma que San José fue un padre mucho más unido a Cristo que si lo hubiera sido sólo adoptivo. También se ha llamado al Bendito Patriarca padre virginal de Jesús. San Pío X indulgenció esta breve jaculatoria en forma de suspiro: “¡Oh José, padre virginal de Jesús!” La Iglesia en su liturgia llama a San José vicario del Padre celestial en su prefacio propio: “Paterna vice custodiret”: custodió a Jesús “haciendo las veces de padre”.

 

Concluimos que la paternidad de San José para con Jesús es distinta de toda otra paternidad natural, física o adoptiva, lo cual no hace que no sea una verdadera paternidad nueva, única y especial, absolutamente singular porque no procede de la generación natural sino que se funda en un vínculo moral querido por el mismo Dios. Se trata de un vínculo moral paterno tan real y verdadero como verdadero y real es el vínculo del matrimonio entre María y José. San Agustín, el mayor defensor de la paternidad y virginidad de San José entre los Padres de la Iglesia, escribe en su obra De consensu evangelistarum: “Si Lucas refiere que Cristo nació de la Virgen María y no del contacto con José, ¿por qué le llama padre si no porque rectamente entendemos que es esposo de María, no por unión carnal, sino por concierto conyugal? Porque nació de su esposa, ciertamente es padre de Cristo mucho más íntimamente que si lo hubiese adoptado de fuera”. Al Águila de Hipona seguirán la practica totalidad de los escritores eclesiásticos posteriores. Santo Tomas de Aquino afirma: “Del mismo modo José es padre de Cristo que esposo de María, no por la unión de la sangre sino por el derecho matrimonial” (STh III, q. 28, a. 1 ad 1). Es deliciosa la comparación de San Francisco de Sales en las “Recreaciones” con sus primeras Visitandinas (19): “Si una paloma lleva en su boca un dátil y lo deja caer en su jardín ¿no decimos que la palmera es propiedad del jardinero? Pues si el Espíritu Santo, habiendo dejado caer este divino dátil como divina paloma en el jardín de la Santísima Virgen, jardín sellado y rodeado por todas partes con el voto de virginidad y castidad inmaculada que pertenece a San José como la mujer o esposa pertenece al esposo, ¿quién dudara que se puede afirmar con verdad que esa divina palmera que produce frutos de inmortalidad pertenece al excelso San José?” La imagen había sido ya usada muchos siglos antes por San Efrén: “Se dice que los varones de las palmeras hacen fecundas a las hembras si las cubren con su sombra sin mezclarse con ellas ni comunicarles su sustancia: así José es llamado padre aunque no fuese varón de la virgen”.

 

Por último, debemos subrayar que, a nivel psicológico y afectivo José fue verdadero padre de Jesús por su corazón, por sus sentimientos auténticamente paternales. Es conmovedor el racionamiento del gran Bossuet en su primer panegírico sobre el Patriarca: “Quizá preguntéis de donde tomara José ese corazón paternal si la naturaleza no se lo daba. ¿Acaso estas inclinaciones naturales puedes ser adquiridas por libre elección y el arte puede imitar lo que la naturaleza no inscribe en los corazones? Si San José no es padre, ¿cómo tendrá amor paternal? Es aquí donde debemos comprender que el poder divino actúa en nuestras obras. Por un efecto de tan excelso poder, San José tiene corazón de padre y, si la naturaleza no se lo ofrece, Dios se lo coloca por su propia mano. El verdadero padre de Jesucristo, Dios, que lo engendra desde la eternidad, habiendo escogido a José para servir de padre en el tiempo a su Hijo único, de alguna manera ha hecho surgir en su corazón una chispa del amor infinito que el Padre posee a su Hijo. Esto es lo que da a José amor de padre. Y, como es cierto que José siente en sí mismo un corazón paternal formado instantáneamente por la mano de Dios, siente también que Dios le ordena emplear para con Jesús una autoridad de padre".

 

En la hermosa oración con que el Papa León XIII mandó terminar el rezo del Santo Rosario durante el mes de octubre suplicando la protección universal del Bendito Patriarca, alude al “paterno amor con que abrazó al Niño Jesús”. El famoso converso Padre Faber, después oratoriano, escribe lindamente en su obra Bethlehem: “José amaba a Jesús con un amor filiar tan grande que, repartido entre todos los padres del mundo, a todos haría felices en un grado tal que ellos mismos no podrían creerlo. Este amor de José a Jesús excede en grandeza y santidad a todo lo que ha existido de amor paterno en la historia. Era esta paternidad de José para con Jesús tan grandiosa, tan amplia y variada, que todas las paternidades de la tierra podrían participar de ella sin agotarla”.

 

Por Javier Navascués

 

 

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