Domingo, 05 Diciembre 2021 13:43

Jérôme Lejeune, el genetista católico que cambió la visión del mundo sobre el síndrome de Down

El doctor Jérôme Lejeune fue reconocido por el Papa Juan Pablo II por la heroicidad de sus virtudes como doctor genetista y defensor de la vida.

(ACIPrensa/InfoCatólica) La historia recuerda a este doctor como el descubridor de la trisomía del par cromosómico 21, cuya existencia es la causante del síndrome de Down. Este descubrimiento fue reconocido por el mundo científico en el año 1958 y fue hecho público al año siguiente.

 

Lejeune era de origen francés, nació en Montrouge en junio de 1926. A pesar de su descubrimiento científico y de todas las evidencias que encontró para definir la presencia de esta variación cromosómica, nunca pensó en usarlo para decidir si estaba en sus manos acabar con una vida o no, nunca pensó en que podía encargarse de hacer una selección de las personas que debían o no nacer, por el contrario, siempre defendió la vida y se promulgó en contra del aborto.

 

A pesar de lo importante de su descubrimiento, su postura en contra del aborto fue para muchos la causa de que no recibiera el Premio Nobel de Medicina en 1970.

 

Aude Dugast, postulador de la causa de su canonización, declaró para National Catholic Register, que Lejeune «nunca dudó y su fe creció a la par con su inteligencia y su conocimiento científico».

 

«Todo su ser estaba orientado hacia la búsqueda de la verdad. Como resultado, utilizó su inteligencia científica y espiritual para descubrir los misterios del mundo creado con el gran mérito de poder transmitirlo al mundo en palabras sencillas y con gran humildad».

 

«Él combinaba las capacidades del siervo de Dios con una caridad heroica porque tenía un amor incondicional por sus pacientes que demostró cuando se trataba del aborto de niños con síndrome de Down».

 

«No siguió el espíritu de la época. Su moral estaba a salvo. Y eso es heroico porque sabía que se iba a meter en muchos problemas por hacerlo, lo sabía. Pero dijo que él era el defensor natural de esos niños porque no podían defenderse solos.

 

Siempre ue un hombre tranquilo y gentil, reconocido como el verdadero defensor de la vida. Ésta es la marca de su naturaleza heroica que veía en el paciente una persona hecha a imagen de Dios y siempre tuvo una mirada de amor y esperanza para el paciente y los padres.»

 

Agregó tener muchos testimonios de padres que «estaban abrumados por la forma en que Lejeune le dio la bienvenida a su hijo y lo miró. Les ayudó a mirar a su hijo con discapacidad con renovado amor«.

 

Al mismo tiempo «luchó para que se reconocieran los derechos de todos los niños por nacer y no dudo de sacrificar su propia carrera por esta causa».

 

Al demostrar que se trataba de una enfermedad cromosómica, Lejeune revolucionó la visión que la sociedad tenía de las familias y les devolvió su dignidad. Los liberó del peso de la sospecha y la fatalidad».

 

Aude Dugast hizo énfasis en los logros de Lejeune en el campo de la genética sin perder sus convicciones de fe, «logró que la genética se volviera una disciplina por derecho propio», creó los primeros certificados citogenéticos, fue el primer profesor de la primera cátedra académica de genética en Francia. También fue decano de la Universidad de Medicina de París.

 

Se dice que fue el padre de la genética moderna. Todos los genetistas de Francia durante 30 años fueron sus alumnos. Tuvo un impacto enorme, no solo en Francia, sino también en Estados Unidos y en todo el mundo.

 

Demostró que la fe y la ciencia van de la mano, que para ser un gran científico no hay necesidad de dejar de lado la fe. La inteligencia de Jérôme Lejeune está verdaderamente en el corazón de su santidad.

 

Dugast cuenta que su esposa también fue una parte importante de la vida del doctor. «Jérôme Lejeune no hubiera sido el hombre que conocemos si la señora Lejeune no hubiera estado a su lado, aunque solo sea en un nivel muy simple. La señora Lejeune era una especie de pura fuerza vital, y Jérôme era un científico, un poeta, que también era muy concreto, pero que no tenía la fuerza vital de la señora Lejeune.

 

Lejeune se tomó en serio la fe de su bautismo y el Evangelio. Se dejó llevar por las circunstancias de la vida, por sus encuentros con estos niños. Y cuando otras circunstancias de la vida le pidieron que traicionara este compromiso médico, del juramento hipocrático, dijo que no, soy médico y es prueba de inteligencia que un embrión es un ser humano que un médico debe tratar.

 

Muchas personas del mundo científico y muchas de las personas a quienes ayudó Lejeune antes de fallecer, esperan con ansias que sea reconocido y no dudan de que se pueda producir el milagro para su canonización.

 

 

Infocatolica.com