Domingo, 08 Mayo 2022 15:41

Para salvarnos

Dios nos pide que les demos la mano a todos aquellos que la acepten, y nunca juzgar a las personas, sino las obras de las personas

No sabemos bien hasta dónde llegará la misericordia de Dios para con cada alma en la hora de nuestra muerte, pero sí sabemos lo que debemos hacer para “conseguirla” (entre comillas, porque nadie es capaz por sí mismo de salvarse, si no es por la benevolencia del Salvador). Puesto que lo sabemos, será de razón y hasta de justicia tirar por ahí.

 

No obstante, todos sabemos de personas que no “practican” porque nadie les ha hecho descubrir los tesoros insondables de la enseñanza de Jesús. Son bellísimas personas, pero por lo que sea están como analfabetas, cojas y mancas. Jesús, el Hijo de Dios y nuestro Maestro (Jn 13,13), nos ha pedido que les descubramos el velo que les nubla la vista ante la Verdad de Dios: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15-16; Mt 28,19-20). ¿A santo de qué nos ha elegido? ¿Por qué algunas personas que nos superan a nosotros católicos no encuentran la Luz? ¡Dios sabe más!

 

Por el contrario, otras personas que conocemos bien tanto como ellas mismas permiten que se las conozca, “practican” un catolicismo que saben desde las clases de catecismo, pero que en su día a día cotidiano no se observa fácilmente ninguna práctica de la teoría. Dicen y proclaman a los cuatro vientos que son “católicas, apostólicas y romanas”, van a misa cada día, rezan el Rosario…, pero si hurgas un poco, tarde o temprano adviertes ahí el humus que impide que el engranaje encaje y ruede bien; es una práctica aguada que Jesús critica insistentemente (mira sino Mt 23,1-8; Apc 3,15-16).

 

¡Con ellas nos hemos topado! Ciertamente, hay personas que son “católicas, pero…”. De hecho, algunas de entre esas personas (demasiadas, y van en aumento) parece como si estuvieran corriendo el sprint final de la carrera para ganarse el Infierno. Porque (aunque ellas suelen no creérselo) el Infierno existe, y especialmente para ellas (Mt 25,41). Según repiten como cotorras, eso de “infierno” es un juego de palabras de Jesucristo para explicarnos que debemos evitar el mal. (Entonces… si debemos evitarlo, ¿por qué propagan ese mal?). La enseñanza de Jesús es clara en esta cuestión, puesto que habla en numerosas ocasiones del Mal como fuerza del Príncipe de los demonios, Satanás (por ejemplo, de manera irrefutable, en Jn 14,30-31); y la Biblia se refiere a él ya en sus primeros versículos (Vid. capítulo 3 del Génesis). Aun así, hay conventos enteros de clausura que no creen en él.

 

Por lo tanto, tenemos el Bien y el Mal, lo bueno y lo malo, la luz celestial y la oscuridad de la más espesa de las tinieblas (Jn 3,19-21), el trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). Y Jesús, incluso con sus milagros, nos ha manifestado que el Bien vence siempre (él venció a la muerte con su Resurrección), y vencerá en el último momento en que la vida se repliegue sobre la omnipotencia de Dios, que se manifestará con toda su potencia al final del mundo, y los santos advendrán al Cielo eterno, a la vez que los enemigos de Dios y su Obra caerán al abismo más profundo inimaginable del Infierno.

 

¡Santo de los santos! (1 Cor 1-2; designa el lugar más sagrado del templo judío, que está como en el corazón, donde está concentrada la santidad de Dios). ¿No será, en consecuencia, prudente permanecer fiables a la doctrina de la Iglesia, que Jesucristo erigió como guardiana de su doctrina? (Vid. parábola de las vírgenes necias y prudentes, Mt 25,1-13). La pregunta es clara, pero la respuesta es personal e intransferible. Por eso y porque también nosotros debemos salvarnos, Dios nos pide que les demos la mano a todos aquellos que la acepten, y nunca juzgar a las personas, sino las obras de las personas. Y eso ya es mucho.

 

 

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