Lunes, 21 Noviembre 2022 08:52

Arte épico, fe militante y una enmienda a la Modernidad clausuran el 24º Católicos y Vida Pública

Dentro de las reacciones crecientes al sinsentido de los nuevos lenguajes; de la autodeterminación de género o incluso de la posibilidad de acabar con la propia vida, se hace vital comprender la raíz de estas novedades. Para Higinio Marín, son solo algunas de las propuestas del "culmen" de la Modernidad cuyo origen encuentra "una lógica lineal" evidente con la Revolución Francesa de forma inmediata, y de forma más remota, con pensadores como Lutero o Descartes.

 

A lo largo de una fugaz hora y media, el filósofo  y autor de obras como La invención de lo humano (Encuentro, 2007) o Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón (Editorial Pre–Textos, 2010) acaparó la atención de cientos de asistentes a la segunda jornada del XXIV Congreso Católicos y Vida Pública celebrada en el aula magna de la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

 

Combinando rigor con cercanía y humor con una oportuna seriedad académica, Marín disertó el concepto de Modernidad y se refirió al presente como "un momento culminante" de la misma, pero que "se desató hace dos siglos" a partir de la Revolución Francesa. Una Modernidad que, como explicó, no es otra cosa que "una revuelta persistente, perseverante y pertinaz contra el pasado".

 

Sin embargo, esta revuelta tenía a su juicio "cierta justificación", especialmente ante el fijismo del Antiguo Régimen y su "legitimidad genealógica". En este sentido, explicó que la Universidad, nacida en el corazón de la Iglesia, es un ejemplo de cómo aún dentro del Antiguo Régimen se podía romper con esa primacía del origen genealógico.

 

"Los sujetos, con independencia de su ascendencia, pueden ejercer una autodeterminación porque pueden elegir oficio. Cuando se van asociando los oficios civiles a esa institución, [la Universidad] se convierte en generadora de las libertades sociales europeas", explicó. Sin ella, "no habría sido posible la proyección de la persona como instancia de la libertad configuradora de su futuro".

 

La afirmación de la Modernidad requiere "la muerte de Dios"

 

Pero si la Universidad surgida de la Iglesia fue capaz de permitir la autodeterminación sin necesidad de revolución o  ruptura, la Modernidad pretendió conceder esa autodeterminación rechazando "todo lo que nos viene dado". Por eso hoy "inventarse géneros y decir `todos, todas, todes es un acto libertario" porque "se asume que lo genealógico es coercitivo y suspenderlo es emanciparse. Y si eso ocurre con el lenguaje, también ocurre con la morfología mamífera".

 

"La lógica entre estos últimos acontecimientos con el origen de aquella revuelta contra el pasado es lineal. Así, la Modernidad se presenta como la invención de lo humano en contraste con la Tradición", explicó. En último término, aquella transforma al sujeto en autor, al que "no le resulta ajeno a su autoridad ninguno de los aspectos de su existencia,  su orientación sexual, la del lenguaje o del pensamiento o el hecho mismo de estar vivos".

 

En definitiva, el sujeto se convierte "en propietario estricto de su existencia" y su afirmación "requiere la muerte de Dios. La afirmación misma del proyecto moderno la requiere y la cumple".

 

Otra potente crítica que vertió Marín sobre la Modernidad es su lógica "dialectizante" frente a las soluciones "sintéticas" de la tradición occidental.

 

Así, si en el pensamiento tradicional occidental se veían como plausibles "realidades aparentemente irreconciliables como uno y trino, Dios y hombre, gracia y libertad o caída original y libre albedrío", en la Modernidad se da una ruptura: "Ahora no es conciliable la ley con la Gracia, la tradición con la revelación, el futuro con el pasado… la dialéctica es la estructura por la que la afirmación de algo requiere la negación del otro extremo".

 

La Modernidad: ¿purificadora de la Tradición?

 

Es en este punto cuando el título de su conferencia, Tradición e invención de lo humano, se mostró todo su sentido, pues desde la óptica occidental no son cuestiones irreconciliables, como lo muestra el descubrimiento de América.

 

"El Nuevo Mundo no podía serlo sin el viejo. Fue el crecimiento y la multiplicación de una tradición mediante una hibridación mestiza y libre, fue un invento -del inventus, traerlo dentro, hacerlo crecer-. No hay tradición sin invención ni invención sin tradición. Eso es un espantajo de la Modernidad", enfatizó.  

 

Sin embargo no todo fueron críticas a la Modernidad. De hecho, Marín considera que esta trajo "una purificación, quizá involuntaria, de la tradición", pues logró "de manera irreversible" la incorporación de la voluntad para asumir ciertos planteamientos que antes se daban por hecho. "Nosotros pertenecemos al linaje de los hijos de Abraham porque nos ha sido dado, pero también porque queremos", ejemplificó.

 

Es aquí donde la conferencia de Marín tomó un tercer rumbo hacia Los hábitos del corazón, que a su juicio son los que permiten escoger al sujeto entre el sentido y el abismo del sin sentido y lo relacionan con la Tradición bien entendida.

 

En primer lugar, el de la gratitud, respecto al pasado, parte de la concepción de "la vida misma como una deuda impagable", y según la cual "solo se puede corresponder con la misma gratuidad del bien recibido".

 

Respecto al perdón, en referencia al presente, destacó que "no hay petición de perdón que no incluya la confesión de culpa y por tanto quien lo pide sabe que pide algo a lo que no tiene derecho". Por ello, este implica "una gratuidad que excede el orden y se hace plenipotenciaria", por lo que "no hay que extrañar que la tradición bíblica diga que el perdón es único de Dios".

 

Destacó, en último lugar, la promesa, como "colonización libre del futuro" mediante "una disposición de lo que no se tiene y  que sin embargo se compromete". Su institucionalización, concluyó, es "el matrimonio indisoluble": "Desde hoy y hasta el último día de tu vida estoy aquí para que no estés sola, sean cuales sean las tormentas".

 

La gratitud hecha arte: Ferrer-Dalmau, pintor de batallas

 

El ponente que clausuró la segunda jornada del Congreso Católicos y Vida Pública fue el bautizado por Arturo Pérez-Reverte como "pintor de batallas", Augusto Ferrer-Dalmau, que representa con su pintura y obra algunos de esos hábitos del corazón a los que se refirió el filósofo Higinio Marín como el de la gratitud o el de la piedad:

 

"Somos la consecuencia de muchos hechos que nos han llevado hasta donde estamos. Estamos en un país, que es de los mejores del mundo y esto hay que contarlo y hay que pintarlo".

 

Previamente a su intervención, el artista fue presentado extensamente por la historiadora María Fidalgo Casares, que destacó aspectos tan trascendentales de su obra como la presencia de María en La entrada de Hernán Cortés en México o en El Milagro de Empel, del concepto de salvación en Ante Dios nunca serás un héroe anónimo o del espíritu combativo de los católicos en defensa de la fe presente en sus múltiples obras de las guerras napoleónicas o carlistas.

 

"Un tiempo que requiere valentía y heroísmo"

 

El Archiduque Imre de Habsburgo-Lorena, bisnieto del beato Carlos I de Austria y presidente de European Fraternity, impartió la última gran ponencia del congreso. 

 

Lo hizo invitando a los cristianos a mostrar un espíritu firme, valiente y decidido en defensa de sus creencias.

 

"Lo mejor que puede hacer un cristiano hoy en día es ser testigo de la Fe y transmitir a la siguiente generación la rica herencia espiritual y cultural que se nos ha dado. Para mi familia, los Habsburgo, esta cuestión siempre fue clave. Hoy no hay patrimonio material que transmitir, ya que todas nuestras pertenencias fueron confiscadas tras la Primera Guerra Mundial, pero sí hay tradición y principios familiares", alentó.

 

Tras subrayar que "no se puede entender Europa sin tener en cuenta sus raíces", destacó que hoy los cristianos contemplan precisamente una Europa "despojada de su esencia cristiana", por lo que invitó a la misión "esencial, más que nunca" de "redescubrir su alma".

 

En esta línea, el Archiduque destacó cinco pilares clave que conforman el papel de los cristianos hoy: ser arraigado en Cristo; saber de dónde venimos; desarrollar un pensamiento crítico; participar y sostenerse en una comunidad sólida; y no tener miedo de ser un signo de contradicción. 

 

"Se nos pide que actuemos como minorías creativas, capaces de cambiar el curso de la historia. Nuestra Fe y la Verdad que mantenemos son nuestro tesoro. Tenemos el deber de compartir este tesoro con todos, y a todos los niveles. Este es un tiempo que requiere mucha valentía y, a veces, heroísmo. Afortunadamente, el cristiano siempre está lleno de esperanza y sabe que, al final, el Bien prevalecerá", concluyó. 

 

 

religionenlibertad.com