Viernes, 30 Mayo 2014 12:56

La ciencia y la moral se unen en contra de la manipulación de embriones

 

Los embriones son vida

 

Los descubrimientos de la Universidad de Oxford demuestran que 24 horas después de la fecundación el nuevo embrión ya tiene definido el eje de su cuerpo (qué parte será la cabeza y cuál la columna) y sus sucesivas divisiones celulares ya demuestran que las nuevas células empiezan a seguir un plan claramente predeterminado, es decir que ya tienen funciones asignadas.

Más sorprendente aún resulta otra investigación del Wellcome Cancer Research Institute de Inglaterra que señala el acto de la fecundación como el que determina la posición de la cabeza del nuevo ser y postula que probablemente el punto de entrada del espermatozoide al óvulo constituye el ecuador del nuevo ser.

Es decir, el lugar donde empezarán a realizarse las múltiples divisiones celulares.

En esta línea, en la Universidad de Leeds en Inglaterra opinan que manipular cualquier célula del embrión puede ocasionar un daño irreversible en el nuevo ser humano por lo que pone en duda la validez de la experimentación con embriones durante los procesos de clonación o extracción de células estaminales que -como es sabido- siempre implican la destrucción de un nuevo ser.

Ninguna finalidad, aunque fuese en sí misma noble, como la previsión de una utilidad para la ciencia, para otros seres humanos o para la sociedad, puede justificar de algún modo las experiencias sobre embriones o fetos humanos vivos, viables o no, dentro del seno materno o fuera de él.

El consentimiento informado, requerido para la experimentación clínica en el adulto, no puede ser otorgado por los padres, ya que éstos no pueden disponer de la integridad ni de la vida del ser que debe todavía nacer. Por otra parte, la experimentación sobre los embriones o fetos comporta siempre el riesgo, y más frecuentemente la previsión cierta de un daño para su integridad física o incluso de su muerte.

A su vez, toda investigación, aunque se limite a la simple observación del embrión, será ilícita cuando, a causa de los métodos empleados o de los efectos inducidos, implicase un riesgo para la integridad física o la vida del embrión.

Al unirse los dos gametos (óvulo y espermatozoide) el nuevo ser tiene todo el material genético necesario para desarrollarse y crecer.

La misma congelación de embriones, aunque se realice para mantener en vida al embrión "crioconservación", constituye una ofensa al respeto debido a los seres humanos, por cuanto les expone a graves riesgos de muerte o de daño a la integridad física, les priva al menos temporalmente de la acogida y de la gestación materna y les pone en una situación susceptible de nuevas lesiones y manipulaciones.

Algunos intentos de intervenir sobre el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo o a otras cualidades prefijadas.

Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad. No pueden justificarse de modo alguno a causa de posibles consecuencias beneficiosas para la humanidad futura.

Con la fecundación se inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren solamente tiempo para desarrollarse y poder actuar.

El interés comercial detrás del aborto, la clonación, la experimentación con células estaminales y embriones humanos, lleva a muchos«científicos» modernos (ginecólogos incluidos) a cambiar arbitrariamente las definiciones de «fecundación» o «concepción» como el momento del «inicio de la vida» por la de «implantación del embrión al séptimo día».

Al suplantar la fecundación por la implantación, se permite que durante seis o siete días el embrión quede indefenso, pueda ser manipulado y hasta destruido impunemente.

Desde el momento de la fecundación existe un nuevo ser que es sujeto de derecho, merece protección y posee una dignidad humana única y universal.

El hijo no es algo debido y no puede ser considerado como objeto de propiedad: es más bien un don y el más gratuito del matrimonio, y es el testimonio vivo de la donación recíproca de sus padres.

La intervención de la autoridad política se debe inspirar en los principios racionales que regulan las relaciones entre la ley civil y la ley moral.

La misión de la ley civil consiste en garantizar el bien común de las personas mediante el reconocimiento y la defensa de los derechos fundamentales, la promoción de la paz y de la moralidad pública.

En ningún ámbito de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que excedan la propia competencia. La ley civil a veces deberá tolerar, en aras del orden público lo que no puede prohibir sin ocasionar daños más graves.

Sin embargo, los derechos inalienables de la persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre no están subordinados ni a los individuos ni a los padres, y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado: pertenecen a la naturaleza humana y son inherentes a la persona.


Entre esos derechos fundamentales es preciso recordar a este propósito: a) el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física desde la concepción hasta la muerte; b) los derechos de la familia como institución y, en este ámbito, el derecho de los hijos a ser concebidos, traídos al mundo y educados por sus padres.

En la encíclica Evangelium Vitae o Evangelio de la Vida, Juan Pablo II nos da la clave para entender este misterio al reflexionar sobre el Salmo 139: «El hombre desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana cuyos días están contados y cuya vocación está escrita en el libro de la vida»(Evangelium Vitae 61)

 

Jorge Luis Vitale - Buenos Aires -  30-05-2014