Viernes, 29 Agosto 2014 22:44

46º aniversario de la Humanae Vitae: una nueva visión sobre el amor

 

Pablo VI decidió promulgar la encíclica después de “madura reflexión” y de mucha oración, pues era (es) un tema muy polémico

 

Los temas de la trasmisión de la vida y de la paternidad responsable están en el centro de la encíclica “Humanae Vitae” que promulgó el papa Pablo VI el día de Santiago hace 46 años, en 1968. Fue --y es-- una encíclica muy discutida porque aborda un problema sociológicamente “antimoderno”, como es la defensa de la naturaleza humana y la natalidad responsable que se enfrentaba al “birth control” tan de moda entonces.

Esta encíclica es uno de los documentos del magisterio de la Iglesia que servirá de base para el próximo Sínodo Extraordinario sobre la Familia que se celebrará el próximo octubre.  Pablo VI será beatificado este otoño en Roma.

Recuerdo que esta encíclica, presentada mediante ruedas de prensa en todos los países del mundo los últimos días de julio de 1968, levantó una gran polémica, no solo en el mundo laico, sino también entre algunos teólogos, expertos y hasta obispos que no entendieron del todo bien el fondo pues la encíclica exige amor y responsabilidad a los esposos tomando el Concilio Vaticano II como guía.

Incluso las mismas páginas del diario “L’Osservatore Romano”, por gracia del cardenal Tardini, publicaron algunas críticas procedentes de obispos de los Estados Unidos y de Canadá en ese verano de 1968. Pablo VI ya anuncia en el texto de la encíclica que esta levantará polvareda, pero afirma que la Iglesia tiene el deber que proclamar su magisterio sobre lo que es básico en el ser del hombre creado por Dios, como es su naturaleza tal como Dios lo creó.

La Iglesia ha sido siempre, como atestigua el Evangelio, “signo de contradicción” porque tiene la obligación de “proclamar con humilde firmeza la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de ellas ni por tanto puede ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete”, dice la encíclica.

El Concilio Vaticano II  no abordó el tema de la natalidad, pues Pablo VI dijo que lo haría personalmente. Era un tema muy polémico –y lo es todavía—debido, según se comentaba entonces, al incremento demográfico del mundo y a las corrientes que favorecían  la libertad sexual, a través del control artificial de los nacimientos.

Se decía en aquella época que la población crece más aprisa que los alimentos y que hacia el año 2020 no habría alimentos para todos los humanos. Ya estamos a las puertas del 2020 y hay alimentos en abundancia en el mundo, aunque muy mal repartidos. Hoy la demografía no es una cuestión que alarma al hombre del siglo XXI.

El matrimonio y su relación con la natalidad era estudiado por una comisión “ad hoc”, pero sus miembros, en los años sesenta, no se pusieron de acuerdo, por lo que Pablo VI decidió promulgar la encíclica después de “madura reflexión” y de mucha oración para abordar este “complejo argumento”.

Las bases doctrinales de la encíclica están en primer lugar en la Revelación, en el Antiguo y Nuevo testamentos, y en segundo lugar en el magisterio de la Iglesia, especialmente en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (nn. 49, 50, 51 y 52) del Concilio Vaticano II.

La Humanae Vitae parte de la base que Dios es amor (Jn. 4, 8) que se refleja en el amor de los esposos entre sí, a través del cual colaboran con la obra de la creación y procreación y educación de los hijos.

Esta procreación debe realizarse de acuerdo con las leyes que Dios ha puesto en la naturaleza del hombre y de la mujer, los cuales por medio del acto conyugal abierto a la vida colaboran con Dios en la procreación y educación de los hijos.

El “amor conyugal –dice la encíclica—es ante todo un amor plenamente humano, es decir sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento, sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre” destinado a crecer mediante las alegrías y dolores que da la vida.

El amor entre los esposos es “total”,   “fiel y exclusivo hasta la muerte”, y “fecundo”, como lo testifican los esposos en el momento de unirse en matrimonio. Los hijos “son el don más excelente del matrimonio y contribuyen al mayor bien de los padres”.

 

 

aleteia.org  25-07-2014