Martes, 18 Noviembre 2014 15:08

Mons. Voltolini describe la esperanza cristiana en un país marcado por la corrupción, y denuncia el egoísmo en la Iglesia

Voltolini, arzobispo de Portoviejo, Ecuador, describe la esperanza cristiana en un país marcado por la corrupción, y denuncia el egoísmo en la Iglesia

LUCIANO ZANARDINI
ROMA

Cada día, monseñor Lorenzo Voltolini pide a sus sacerdotes que comuniquen «la alegría de vivir y de gastar la vida por los valores y los ideales que mantienen la alegría». El mito de las falsas promesas de la globalización llegó hasta Ecuador, pero el pueblo de Dios prefiere simplemente sentirse acompañado, bendecido:

«Si damos nuestra bendición con el corazón abierto a los problemas y hacemos que se sienta nuestra cercanía y nuestro interés por ellos, se sienten bien, saben que Dios está con ellos».

En 1979 partió como “fidei donum” y desde 2007 el arzobispo Voltolini guía la diócesis de Portoviejo, en la provincia de Manabí. Durante estos años ha aprendido a «poner a DIos en primer lugar, a tener una gran confianza en la Providencia y a vivir día a día», aunque con una enorme agenda y con un plan pastoral muy organizado.

La Iglesia no tiene permitida una presencia importante en los ambientes de lo social, de la educación y de la salud, pero esto «no le impide hacer el bien; tal vez deberíamos esforzarnos más en el anuncio del Evangelio de la fraternidad y de la gratuidad. Todavía hay demasiado egoísmo».

La diócesis puso en marcha un plan pastoral que exige «mucha paciencia y años de trabajo». En Ecuador ha mejorado la situación económica, pero no la situación social. Desde este punto de vista, es interesante el servicio de asistencia a los niños sin familia o con familias problemáticas que han creado las autoridades eclesiásticas:

ayuda en la actualidad a 50 niños cuyos padres se encuentran en la cárcel, a huérfanos o a niños que viven situaciones psrticularmente difíciles en casa. Tratan de reintegrarlos a sus familias o de que los adopten.

«Hay muchísimos problemas de administración, pero las jóvenes misioneras laicas que se ocupan de la obra logran hacer que camine con mucha confianza en la Providencia».

Durante los últimos años el recurso del petróleo, sobre todo, ha permitido que disminuya un poco la pobreza y que mejore el sistema de las infraestructuras en el país. «La población está aprendiendo a pagar impuestos; el método para cobrarlos es bastante draconiano, pero está obteniendo buenos resultados».

Muchos de los servicios (educación, salud, vialidades) han mejorado, pero el precio social que hay que pagar ha sido muy caro. «Hay nuevos ricos y demasiados corruptos debido a la larga duración del mandato presidencial; no se ve la posibilidad de un cambio político que limpie un poco la atmósfera; la vigilancia de la policía se está haciendo cada vez más opresiva y algunas libertades de expresión son pisoteadas.

Existe el peligro de que lleguen eventualmente nuevos regímenes políticos que hagan retroceder al país. Pero tampoco la “eternización” del poder de la revolución sería oportuna porque, para sostenerse debería volverse cada vez más autoritaria y opresiva, en detrimento de la educación en la construcción de la democracia».

Voltolini, desde lejos, trata de fotografiar objetivamente también su continente de origen, Europa, en el que advierte un «cansancio y una falta de brío al afrontar los nuevos problemas: inmigración, disminución de la natalidad, el envejecimiento generalizado de la población, falta de un cambio generacional en la cúpula de la sociedad y también en la Iglesia.

Se va apagando la esperanza». El mensaje mismo de Papa Francisco no es comprendido por completo. «Las esperanzas que ha suscitado el Papa encuentran grandes hostilidades en las franjas tradicionalistas, que no son capaces de cambiar y se preocupan solo por conservar.

No comprenden todavía que la Iglesia debe dar el Evangelio al mundo de hoy, que se debe preocupar más por la fidelidad al Señor que por la tradición y por las estructuras. El egoísmo estructural imperante está invadiendo también a la Iglesia, no solo a quienes la guían, sino también al pueblo de Dios.

El anhelo misionero que impulsó a muchos jóvenes en el pasado a dejar la propia casa, las comodidades, las seguridades, está faltando y ya no impulsa como antes, a pesar de los enormes esfuerzos y de las palabras de los Papas desde el Concilio hasta el día de hoy».

 

 

vaticaninsider.es  18-11-2014