Miércoles, 01 Abril 2015 15:51

«La Biblioteca vaticana colabora con Pekín»

Vatican Insider entrevista a Ambrogio Maria Piazzoni, viceprefecto del ente de la Santa Sede, sobre las iniciativas culturales que han puesto en marcha la Santa Sede y China

GIACOMO GALEAZZI
CIUDAD DEL VATICANO

 

 

«Hoy el diálogo con China pasa por la cultura, como en la época del padre Matteo Ricci», afirmó a Vatican Insider el profesor Ambrogio Maria Piazzoni, viceprefecto de la Biblioteca Apostólica vaticana.

 

 

La Biblioteca Apostólica vaticana conserva muchas obras relacionadas con la cultura china. ¿El diálogo entre la Santa Sede y China podría recorrer los senderos de la cultura?

 

La colección china de la Vaticana cuenta con alrededor de 7 mil obras, entre las cuales hay 2 mil preciosos manuscritos y grabados, además de centenares de mapas; los libros más antiguos son del siglo XVI y los más recientes del siglo XX: Gran parte de ellos proviene de los misioneros, jesuitas, franciscanos y de otras órdenes religiosas, que durante los siglos han frecuentado China. Fue justamente a nivel cultural donde comenzó en la época moderna el diálogo entre el mundo cristiano occidental y el mundo chino. En el siglo XVI, Matteo Ricci (Li Madou para los chinos) y otros jesuitas tuvieron un papel importante, porque llevaron a aquel país los conocimientos y los desarrollos científicos y tecnológicos que se habían dado durante los últimos siglos en Europa.

 

¿Y por parte de los chinos?

 

En sentido inverso, la llegada a nuestro continente de libros chinos (y de sus traducciones, a menudo hechas por los mismos misioneros) fue determinante para conocer en Occidente la cultura y el pensamiento de esa gran y milenaria civilización, que influyó incluso a grandes teólogos y filósofos, como Libnitz. En conjunto, los volúmenes publicados en China y en Europa fueron un instrumento esencial para la comunicación entre Oriente y Occidente; influyeron profundamente los doctos chinos por una parte y contribuyeron a modificar la concepción de la filosofía y de la historia del mundo entre los doctos europeos. Hoy, la presencia del material chino en la Biblioteca vaticana es una gran oportunidad de estudio, incluso porque muchos de los textos conservados son ejemplares únicos, y esto puede, sin duda, contribuir para llegar a una mayor comprensión recíproca entre Occidente y Oriente.

 

 

Se acaban de presentar los primeros volúmenes de la Colección de obras históricas y literarias chinas de las épocas Ming (1369-1644) y Qing (1644-1911), que se encuentran en la Biblioteca Apostólica vaticana. ¿Este proyecto podría inaugurar un puente entre Pekín y Roma?

 

Sí. En 2008 se puso en marcha una proficua colaboración con la Comisión para la compilación de la historia de la dinastía Qing, un gran proyecto de investigación del gobierno chino para la recuperación de documentos del período de la última dinastía imperial, antes del nacimiento de la República china. Entre el material que se conserva en la Biblioteca Apostólica vaticana se encontró un número consistente de textos que no existen en otros sitios. Entonces, se acordó la realización de una copia fotográfica digital del material para su posterior publicación en papel, en forma de edición conjunta. Los 44 volúmenes presentados en Roma son el primer fruto y contienen 170 obras. El proyecto, que sigue su curso, prevé la publicación de alrededor de 700 textos (serán más de 200 mil páginas). A finales d abril se llevará a cabo en Pekín una manifestación para la presentación de los volúmenes que hasta ahora han sido publicados, con la participación de una delegación de la Biblioteca.

 

¿Qué otras iniciativas culturales vinculan a la Biblioteca vaticana con China?

 

La más importante es nuestra participación en una gran empresa que se está llevando a cabo en Macao (en la Universidad de Ciencia y Tecnología): la recopilación en formato digital de todos los documentos geográficos y los planos anteriores al siglo XIX sobre China y que se encuentran desperdigados en muchas bibliotecas y museos de todo el mundo. La Biblioteca vaticana conserva cientos de ellos, y algunos tienen una importancia extraordinaria, como el conocido planisferio de Matteo Ricci (del que tenemos el mejor ejemplar que exista), que fue el primero que representó a China en el centro del mundo. En julio de este año, en Macao, habrá un congreso internacional dedicado justamente al aporte que la Biblioteca vaticana puede ofrecer a este sector de estudios, y, al mismo tiempo, habrá una gran exposición con el material que tenemos. También estamos participando en el “Catálogo único de los libros chinos antiguos y raros”, coordinado por la Biblioteca nacional de Taiwán, en el que participan importantes bibliotecas del mundo, como, evidentemente, la de Pekín.

 

¿Cómo procede la colaboración entre la Biblioteca Apostólica vaticana y las instituciones chinas?

 

Muy bien. Todos nuestros interlocutores se han demostrado atentos, preparados y desponibles al diálogo, características que a menudo se encuentran en el mundo de los estudiosos y que permiten realizar proyectos en común, pues se basan en la convicción compartida de que el estudio y la profundización son pasos necesarios para una mejor y recíproca comprensión, además de aportar al progreso del conocimiento. Y por este camino podremos llegar juntos más adelante, incluso cuando otras condiciones, políticas o sociales, sean muy diferentes.

 

 

La diplomacia vaticana, el ecumenismo y la nueva evangelización pasan a través de la cultura, sobre todo la cultura de los libros. Papa Francisco quiere una Iglesia en salida. ¿Yambién sale la Biblioteca vaticana?

 

Claro, la apertura es una característica permanente de la Bibliote ca vaticana. Cuando fue fundada a mediados del siglo XIX, Papa Nicolás Vquiso que fuera «para el común beneficio de todos los hombres doctos», y nunca ha existido una sección reservada al uso de la Curia papal. Desde sus orígnes es frecuentada por estudiosos de todo tipo; incluso en los períodos de mayores dificultades en las relaciones con el mundo protestante, por ejemplo, estudiosos no católicos eran admitidos en las salas de la Biblioteca, y, más recientemente, nuestra institución ha acogido y protegido a estudiosos judíos que las leyes raciales habían obligado a abandonar sus países o que no tenían las posibilidades para trabajar en Italia. De los miles de estudiosos que cada año nos visitan (la mitad viene del extranjero) no podría decir cuántos son católicos o a cuál etnia pertenezcan, simplemente porque no lo preguntamos: la única condición para poder entrar a nuestra Biblioteca es una adecuada preparación.

 

 

Están involucrados en acuerdos de coperación con varias bibliotecas estatales, incluso de Cuba y China. Se firmó también el protocolo con la Biblioteca nacional serbia, que prevé el intercambio de publicaciones, conocimientos y competencias en el campo de la recopilación, memorización, elaboración y protección de los materiales. ¿Podría ser una oportunidad para consolidar las relaciones entre el gobierno serbio y la Santa Sede y entre la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica, minoritaria en el país?

 

Una misión relevante de la Biblioteca vaticana, que acompaña a las actividades más obvias y normales, está relacionada con la función cultural de intermediación que la Biblioteca desempeña, no solo en calidad de Instituto de cultura, sino también en calidad de dicasterio vaticano. Los casos de China, Cuba y Serbia que usted ha mencionado no son los únicos. Tratamos de ponernos a disposición, compatiblemente con nuestras energías, para ayudar a las instituciones que, por ejemplo en el campo de la conservación y la restauración de manuscritos e impresos antiguos, consideren que podrían aprender de nosotros técnisas y procedimientos útiles; todos estamos convencidos de que es importante preservar un patrimonio que ha sido encomendado a las bibliotecas, pero que pertenece a toda la humanidad. Claro, de estas colaboraciones de carácter estrictamente científico y cultural nacen contactos que favorecen el conocimiento recíproco y, en algunos casos, incluso la amistad. Pero si esto se ha reflejado en las relaciones entre los gobiernos y la Santa Sede, no es la Biblioteca la que debe decidirlo ni evaluarlo.